“Me da miedo el estar peleando contra el fantasma de tu ex”. Lo escuché como la expresión de un hecho, no de una suposición. No me lo dijo en tono de reclamo o siquiera de dolor o impotencia, pero el oir esto de mi novia me dejó pensando demasiado tiempo.
¿Cuánto es suficiente, cuánto es mucho o poco al hablar de tus vivencias anteriores con tu pareja actual? Vamos, no nací ayer y lo que pasó antes, bueno o malo, es lo que me tiene aquí, como soy y donde estoy ahora.
Decir nada y jurar(me) que no hay historias o vivencias, es correr el riesgo de que ella no sepa el porqué reacciono de X o Y manera, pero el decir de más parece que no solo da información, sino que también sirve como ritual para levantar fantasmas. No son actuales, y tampoco son todos buenos o malos, son solo recuerdos de eventos y sentimientos pero que regresan y dejan un sabor agridulce en la boca y el alma.
Recuerdo y hablo acerca de las últimas peleas, de los dramas interminables, de las muchas faltas de respeto mutuas; pero al hacerlo ahora a la distancia y tratando de encontrar algo constructivo para no repetirlas, también aparece como trasfondo el enorme cariño y amor que había. Ese que permitió que aunque tantas cosas malas pasaran yo estuviera un buen rato intentando rescatar y curar esa relación.
Ambos venimos de relaciones intensas y definitorias en nuestras vidas y no podemos (ni queremos) olvidarlas como si nunca hubieran sucedido. Pero una cosa es no olvidar, y otra cosa es que una relación de pareja se vuelva de tres o de cuatro al agregar los fantasmas. Tengo apenas un mes con mi novia. Tiempo suficiente para hablar de muchos temas, de conocerla mejor e intercambiar opiniones y experiencias, pero no el necesario para crear todo un nuevo marco referencial de actitudes y respuestas. Es ahí donde tenemos el baúl de recuerdos y situaciones anteriores para echar mano. Son ejemplos claros, de primerísima mano y que parecerían útiles para dejar(nos) un punto claro, pero que amenazan con desenterrar algo más que recuerdos.
Mi corazón y mi alma salieron hechas jirones de mi anterior relación. Ha pasado el tiempo suficiente para reconstruirme, para que las heridas (incluso las más grandes) ya pudieran cerrar y por eso estoy ya listo para entrar a una nueva relación en la que me encuentro saludable, estable y feliz, pero… aunque las heridas ya no duelen, dejaron una cicatriz bastante evidente. Tal y como las cicatrices de la piel, aunque ya no duelen, se ven, uno mismo las siente y la otra persona también las percibe diferentes cuando por algún motivo las toca.
¿Existen los fantasmas de relaciones pasadas? ¿Seré tan buen contador de historias que puedo revivir sentimientos muertos, podridos y enterrados tanto tiempo atrás en formas “evidentes”? Tal vez si. No tengo claro el por qué sucedió, pero en un momento, mi novia me contó de una fea pesadilla reciente en la que tenía enfrente a “una ex mía” (sin que conozca a ninguna) que se notaba molesta y le decía cosas horribles de ella, de mí y de nuestra nueva relación. De igual manera, yo no puedo decir que su ex se me ha presentado, pero si he sentido la imperiosa necesidad de rechazar ciertos recuerdos o situaciones que sé le pueden traer a ella esos recuerdos de regreso. En algunos momentos, quiero enfrentarme al fantasma y sé que lo puedo vencer, pero en otros preferiría que no se presentara, pues no estoy seguro del resultado de la batalla.
¿Son fuertes estos fantasmas? Tanto como ambos lo permitamos, al alimentar en forma conciente o inconciente al propio y al no equilibrarnos en la luchar contra el ajeno.
Los ghost-busters existen. No están armados con una pistola de ecto-plasma ni persiguen entes verdes, sino más bien, se buscan armar de mucho amor y paciencia, con la intención de luchar por una relación real y actual que vale la pena. Con el afán de crear una nueva historia, nuevos recuerdos que sirvan de herramienta para desterrar o exorcizar a esos fantasmas de nuestras relaciones pasadas.
martes, 8 de diciembre de 2009
ME ENAMORÉ DE UNA QUIMERA.
“A quien lloro y por quien guardé tanto luto no es una persona, sino una imagen de alguien que no existe”. Esta es una declaración muy fuerte, pero no por eso menos real.
¿Cómo luchar contra un ideal? ¿Cómo enfrentar y romper un hechizo de amor que yo mismo creé y que alimenté por tanto tiempo?
Ella ya no está aquí, ella ya siguió adelante. De hecho, ella tal vez nunca existió. Me aferré a un recuerdo, ya muy desdibujado y alterado, pero al que yo quise ponerle su cara. Me enamoré, guardé luto y juré fidelidad a una imagen idealizada de una persona que no existe. Mi ex no era perfecta, de hecho distaba muchísimo de serlo, pero a cada uno de sus múltiples y muy irritantes defectos yo quise agregarles un toque de grandeza. No era insegura… me permitía que le demostrara lo increíble que ella era. Nunca caprichosa, solo tuvo un mal momento corregible con la edad y la madurez. Su temperamento era apasionado y arrebatado, no explosivo y cínico. Tomó tiempo y esfuerzo el idealizarla estando ella presente, pero fue sencillo el volverla perfecta para mí una vez ausente.
Ese ideal me acompañó por mucho tiempo, siempre como el estándar áureo al que debía yo aspirar en una relación. Cuando dudaba o flaqueaban mis fuerzas, cuando empezaba a tambalearse el pedestal en el que la puse, sólo tenía que agregarle un poco más de brillo a la imagen. Ella era la imagen de una relación ideal; la hice tan luminosa, que dejó de verse, la imaginé tan perfecta que se volvió grotesca. Una verdadera quimera. Si a estas alturas hiciera una comparación contra aquella persona que yo tomé como base para crear a mi ídolo, la original sería una simple e infeliz mortal frente a una diosa inalcanzable. Si hoy pudiera ponerlas frente a frente, a mi imagen idealizada y a la persona real, estoy seguro que ambas (la ideal y la real) verían con pasmo y horror el presunto espejo en el que yo quería verlas reflejadas.
El objeto de mi culto personal duró mucho tiempo. Mi ideal no es una persona, es un monstruo que se alimenta de mis miedos, de mi soledad y de las estúpidas comparaciones que he hecho entre ella y las “mortales” que he tenido la maldita idea de poner en su camino.
Aunque yo me encargaba de rendirle honores e imaginar enormes ofrendas para su posible (e increíblemente improbable) regreso, sin saberlo, mi quimera y yo nos acercábamos al final. Desde hace poco tiempo, mi quimera se está enfrentando a una nueva “mortal”. Una que tuvo el valor (o la inconciencia) de querer darse una oportunidad conmigo. La “diosa” no tuvo inconveniente en un inicio, otra posible víctima para su gloria personal… pero esta vez algo fue diferente.
En vez de dedicarme a preparar otra ofrenda o pulir más su imagen que ya estaba de nuevo empezando a desgastarse (en eso era similar a la original que requería de altísimo mantenimiento), me quedé viendo la luz que tiene la recién llegada. La verdad, había olvidado cómo se ven las personas reales y más ella que brilla intensamente. No es perfecta, tiene defectos y aunque está un poco lastimada por la vida tiene deseos de salir airosa al mundo. Es humana, con todo lo que eso representa, y es justo por todo esto por lo que es ya objeto de mi afecto y deseo.
La batalla arrancó desigual. Mi quimera ataca con las tretas más sucias y sin respetar ninguna regla. Aunque es mi propia creación, no está dispuesta a perder a su único devoto. Yo le construí su altar en mi mente y por lo mismo sabe todos los recovecos que ahí hay y todas las armas que hay para defender la fortaleza. Ataca día y noche, como una fiera herida, como dicen que lucharon los titanes cuando los arrancaron del Olimpo. No pide ni ofrece tregua. Mi quimera está aterrada y amenazante, pero supongo herida de muerte. Me ocupé tanto de ponerle oro en su pedestal, que olvidé (y olvidó) que ella misma es de cera. Cera que se está fundiendo, lenta pero continuamente con el fuego del amor que me tiene y le tengo a mi nueva novia. No me había dado cuenta de qué tan frío era el templo que había construido hasta ahora que empiezo a sentir el calor de la recién llegada y quiero aumentar esa llama. Las ofrendas que tantas veces imaginé darle, ahora tienen mejor uso al servir para acrecentar el fuego.
¿Qué cómo está “ella”, “la invasora”? Desconcertada, asustada y teniendo que escuchar frases como la que arranca este mensaje. No entendía de dónde venía el ataque y ahora que lo sabe, no está segura de cómo se maneja esta batalla, quién va ganando y cuál es el precio que ella pagaría si pierde. Tiene momentos de conflicto y no la culpo. Yo en su lugar estaría igual o tal vez ya hubiera abandonado la batalla: “Que se quede con su ídolo y su cínica sonrisa de autosuficiencia”.
La peor situación posible está pasándole a mi quimera. Yo ya me harté de protegerla, de honrarla y de ofrecerle sacrificios. Demasiado tiempo pasé frente a ella, embelezado por su perfección, pero nunca obtuve nada a cambio. Quise hacerla crecer como yo lo iba haciendo. Aventándole flores a un cadáver que hedía, pero que yo no lo notaba al tener tan cerradas las puertas de mi corazón. Como respuesta a mi dedicación solo tenía frío y silencio. No se ha terminado la guerra, pero yo ya sé quién va a salir derrotada.
La parte posiblemente más irónica (y seguramente más patética) de todo este sainete, es que la original, aquella que me sirvió de modelo para crearla, ni enterada está de esto y seguro no le importa. Si ella en algún momento construyó un ídolo conmigo como modelo, supongo lo tiró muy poco tiempo después de nuestro rompimiento; cuando encontró a otro devoto que igualmente ya desechó.
Quiero creer que una vez terminado esto, me quedará clara la lección. No quiero construir una estatua similar. No quiero una nueva quimera. Esta vez quiero vivir sin falsas idolatrías. Quiero amar a alguien que tenga y me ponga los pies en la tierra, a alguien no perfecto, pero si humano, alcanzable, mejorable y sobre todo, que pueda corresponder a mi amor.
¿Cómo luchar contra un ideal? ¿Cómo enfrentar y romper un hechizo de amor que yo mismo creé y que alimenté por tanto tiempo?
Ella ya no está aquí, ella ya siguió adelante. De hecho, ella tal vez nunca existió. Me aferré a un recuerdo, ya muy desdibujado y alterado, pero al que yo quise ponerle su cara. Me enamoré, guardé luto y juré fidelidad a una imagen idealizada de una persona que no existe. Mi ex no era perfecta, de hecho distaba muchísimo de serlo, pero a cada uno de sus múltiples y muy irritantes defectos yo quise agregarles un toque de grandeza. No era insegura… me permitía que le demostrara lo increíble que ella era. Nunca caprichosa, solo tuvo un mal momento corregible con la edad y la madurez. Su temperamento era apasionado y arrebatado, no explosivo y cínico. Tomó tiempo y esfuerzo el idealizarla estando ella presente, pero fue sencillo el volverla perfecta para mí una vez ausente.
Ese ideal me acompañó por mucho tiempo, siempre como el estándar áureo al que debía yo aspirar en una relación. Cuando dudaba o flaqueaban mis fuerzas, cuando empezaba a tambalearse el pedestal en el que la puse, sólo tenía que agregarle un poco más de brillo a la imagen. Ella era la imagen de una relación ideal; la hice tan luminosa, que dejó de verse, la imaginé tan perfecta que se volvió grotesca. Una verdadera quimera. Si a estas alturas hiciera una comparación contra aquella persona que yo tomé como base para crear a mi ídolo, la original sería una simple e infeliz mortal frente a una diosa inalcanzable. Si hoy pudiera ponerlas frente a frente, a mi imagen idealizada y a la persona real, estoy seguro que ambas (la ideal y la real) verían con pasmo y horror el presunto espejo en el que yo quería verlas reflejadas.
El objeto de mi culto personal duró mucho tiempo. Mi ideal no es una persona, es un monstruo que se alimenta de mis miedos, de mi soledad y de las estúpidas comparaciones que he hecho entre ella y las “mortales” que he tenido la maldita idea de poner en su camino.
Aunque yo me encargaba de rendirle honores e imaginar enormes ofrendas para su posible (e increíblemente improbable) regreso, sin saberlo, mi quimera y yo nos acercábamos al final. Desde hace poco tiempo, mi quimera se está enfrentando a una nueva “mortal”. Una que tuvo el valor (o la inconciencia) de querer darse una oportunidad conmigo. La “diosa” no tuvo inconveniente en un inicio, otra posible víctima para su gloria personal… pero esta vez algo fue diferente.
En vez de dedicarme a preparar otra ofrenda o pulir más su imagen que ya estaba de nuevo empezando a desgastarse (en eso era similar a la original que requería de altísimo mantenimiento), me quedé viendo la luz que tiene la recién llegada. La verdad, había olvidado cómo se ven las personas reales y más ella que brilla intensamente. No es perfecta, tiene defectos y aunque está un poco lastimada por la vida tiene deseos de salir airosa al mundo. Es humana, con todo lo que eso representa, y es justo por todo esto por lo que es ya objeto de mi afecto y deseo.
La batalla arrancó desigual. Mi quimera ataca con las tretas más sucias y sin respetar ninguna regla. Aunque es mi propia creación, no está dispuesta a perder a su único devoto. Yo le construí su altar en mi mente y por lo mismo sabe todos los recovecos que ahí hay y todas las armas que hay para defender la fortaleza. Ataca día y noche, como una fiera herida, como dicen que lucharon los titanes cuando los arrancaron del Olimpo. No pide ni ofrece tregua. Mi quimera está aterrada y amenazante, pero supongo herida de muerte. Me ocupé tanto de ponerle oro en su pedestal, que olvidé (y olvidó) que ella misma es de cera. Cera que se está fundiendo, lenta pero continuamente con el fuego del amor que me tiene y le tengo a mi nueva novia. No me había dado cuenta de qué tan frío era el templo que había construido hasta ahora que empiezo a sentir el calor de la recién llegada y quiero aumentar esa llama. Las ofrendas que tantas veces imaginé darle, ahora tienen mejor uso al servir para acrecentar el fuego.
¿Qué cómo está “ella”, “la invasora”? Desconcertada, asustada y teniendo que escuchar frases como la que arranca este mensaje. No entendía de dónde venía el ataque y ahora que lo sabe, no está segura de cómo se maneja esta batalla, quién va ganando y cuál es el precio que ella pagaría si pierde. Tiene momentos de conflicto y no la culpo. Yo en su lugar estaría igual o tal vez ya hubiera abandonado la batalla: “Que se quede con su ídolo y su cínica sonrisa de autosuficiencia”.
La peor situación posible está pasándole a mi quimera. Yo ya me harté de protegerla, de honrarla y de ofrecerle sacrificios. Demasiado tiempo pasé frente a ella, embelezado por su perfección, pero nunca obtuve nada a cambio. Quise hacerla crecer como yo lo iba haciendo. Aventándole flores a un cadáver que hedía, pero que yo no lo notaba al tener tan cerradas las puertas de mi corazón. Como respuesta a mi dedicación solo tenía frío y silencio. No se ha terminado la guerra, pero yo ya sé quién va a salir derrotada.
La parte posiblemente más irónica (y seguramente más patética) de todo este sainete, es que la original, aquella que me sirvió de modelo para crearla, ni enterada está de esto y seguro no le importa. Si ella en algún momento construyó un ídolo conmigo como modelo, supongo lo tiró muy poco tiempo después de nuestro rompimiento; cuando encontró a otro devoto que igualmente ya desechó.
Quiero creer que una vez terminado esto, me quedará clara la lección. No quiero construir una estatua similar. No quiero una nueva quimera. Esta vez quiero vivir sin falsas idolatrías. Quiero amar a alguien que tenga y me ponga los pies en la tierra, a alguien no perfecto, pero si humano, alcanzable, mejorable y sobre todo, que pueda corresponder a mi amor.
SINDROME DE ABSTINENCIA.
Todo comienza tranquilo. Un día normal, igual a todos los anteriores. Sin ninguna señal de la angustia que está por comenzar. Salgo con prisa de casa y por la misma premura olvido esa cosa que debería haber entrado en la bolsa del pantalón. La salida de casa y los primeros minutos transcurren sin incidentes. Todo camina como un día normal hasta detectar la falta.
OLVIDÉ MI CELULAR!!!!!!
Desde ese momento, el día no vuelve a ser igual. Me doy cuenta que estoy desconectado del mundo, que estoy en una dimensión alterna en la que no hay la posibilidad de comunicarme y/o de ser contactado en todo momento. La peor parte es que esta vez no fue una decisión sino un maldito olvido. No estoy mentalmente preparado para el síndrome de abstinencia. Miro con envidia a quienes usan su teléfono. Imagino que tendré 1,748 llamadas perdidas al llegar a casa y que seguramente me perdí de información crítica y de oportunidades de una sola vez en la vida. Sufro sólo de pensar en que tendré la necesidad de contactar a alguien y que no sé de memoria ningún teléfono. La tarde y el camino de regreso a casa con demasiado largos hasta volver a tener el aparatito en las manos y confirmar que no hubo ninguna llamada de vida o muerte y que no hay mensajes que no sean de Telcel ofreciéndome una promoción.
No hace mucho tiempo, la necesidad de estar disponibles todo el tiempo sólo se entendía para un médico. Vamos, hace apenas 20 años cualquier persona que tuviera un teléfono móvil era visto como un tipo escapado de “Los Supersónicos”. Si no estabas en tu casa u oficina, confiabas en que una contestadora u otra persona tomaría el mensaje de una llamada para ti y el mundo seguiría su curso y podrías contestar luego. Ahora, el celular es parte de la indumentaria básica de casi cualquier chilango con edad por encima de kinder que se respete y la necesidad de saberse disponible y conectado en todo momento es casi considerado como derecho fundamental.
¿Alguien no se siente solidario al escuchar las elegías que se le cantan a un celular descompuesto o siente total comprensión y conmiseración por aquél al que junto con el robo del celular también le robaron toda su lista de contactos y vida social? ¿Alguien recuerda la histeria que se genera cuando por alguna situación se caen las comunicaciones y áreas enteras de la ciudad quedan “fuera del área de servicio”?
El síndrome de abstinencia al Internet y el correo es un poco más manejable, pero igualmente cruel. En plenas vacaciones tienes que hacer un esfuerzo conciente (o ir a un lugar verdaderamente apartado e incivilizado) para poder pasar más de un día sin la necesidad de consultar el correo. Que yo sepa, nadie ha muerto por no haber leído la última cadenita de chistes u oraciones…. pero… y si hay algo importante?
Con la entrada a una red social el shot que necesitamos se vuelve todavía más fuerte y en ocasiones ridículo. TENGO que saber cuál será mi fortuna del día al abrir mi galleta de la suerte, me es URGENTE saber si Fulanito (a quien hace tres años no veo físicamente y quien vive en el otro hemisferio del planeta) sigue con el dolor de muelas que dijo lo tuvo insomne ayer. ¿Alguien ya habrá comentado algo sobre la última foto que subí? Un gran amigo perdido (hace 15 años) pudo haberme mandado un request y yo no se lo voy a contestar! Y creo que esta semana es cumpleaños de Sutanita… tal vez no llame en su cumpleaños a mi propia familia cercana, pero si a ella no le mando aunque sea un guiño igual y se va a sentir conmigo!
¿Qué voy a hacer en un día en el que no tengo celular y la red está caída?!?!?!
Tal vez escribir sobre lo ridículo que suena el tener este síndrome de abstinencia, pero sabiendo que no soy el único que lo sufre.
OLVIDÉ MI CELULAR!!!!!!
Desde ese momento, el día no vuelve a ser igual. Me doy cuenta que estoy desconectado del mundo, que estoy en una dimensión alterna en la que no hay la posibilidad de comunicarme y/o de ser contactado en todo momento. La peor parte es que esta vez no fue una decisión sino un maldito olvido. No estoy mentalmente preparado para el síndrome de abstinencia. Miro con envidia a quienes usan su teléfono. Imagino que tendré 1,748 llamadas perdidas al llegar a casa y que seguramente me perdí de información crítica y de oportunidades de una sola vez en la vida. Sufro sólo de pensar en que tendré la necesidad de contactar a alguien y que no sé de memoria ningún teléfono. La tarde y el camino de regreso a casa con demasiado largos hasta volver a tener el aparatito en las manos y confirmar que no hubo ninguna llamada de vida o muerte y que no hay mensajes que no sean de Telcel ofreciéndome una promoción.
No hace mucho tiempo, la necesidad de estar disponibles todo el tiempo sólo se entendía para un médico. Vamos, hace apenas 20 años cualquier persona que tuviera un teléfono móvil era visto como un tipo escapado de “Los Supersónicos”. Si no estabas en tu casa u oficina, confiabas en que una contestadora u otra persona tomaría el mensaje de una llamada para ti y el mundo seguiría su curso y podrías contestar luego. Ahora, el celular es parte de la indumentaria básica de casi cualquier chilango con edad por encima de kinder que se respete y la necesidad de saberse disponible y conectado en todo momento es casi considerado como derecho fundamental.
¿Alguien no se siente solidario al escuchar las elegías que se le cantan a un celular descompuesto o siente total comprensión y conmiseración por aquél al que junto con el robo del celular también le robaron toda su lista de contactos y vida social? ¿Alguien recuerda la histeria que se genera cuando por alguna situación se caen las comunicaciones y áreas enteras de la ciudad quedan “fuera del área de servicio”?
El síndrome de abstinencia al Internet y el correo es un poco más manejable, pero igualmente cruel. En plenas vacaciones tienes que hacer un esfuerzo conciente (o ir a un lugar verdaderamente apartado e incivilizado) para poder pasar más de un día sin la necesidad de consultar el correo. Que yo sepa, nadie ha muerto por no haber leído la última cadenita de chistes u oraciones…. pero… y si hay algo importante?
Con la entrada a una red social el shot que necesitamos se vuelve todavía más fuerte y en ocasiones ridículo. TENGO que saber cuál será mi fortuna del día al abrir mi galleta de la suerte, me es URGENTE saber si Fulanito (a quien hace tres años no veo físicamente y quien vive en el otro hemisferio del planeta) sigue con el dolor de muelas que dijo lo tuvo insomne ayer. ¿Alguien ya habrá comentado algo sobre la última foto que subí? Un gran amigo perdido (hace 15 años) pudo haberme mandado un request y yo no se lo voy a contestar! Y creo que esta semana es cumpleaños de Sutanita… tal vez no llame en su cumpleaños a mi propia familia cercana, pero si a ella no le mando aunque sea un guiño igual y se va a sentir conmigo!
¿Qué voy a hacer en un día en el que no tengo celular y la red está caída?!?!?!
Tal vez escribir sobre lo ridículo que suena el tener este síndrome de abstinencia, pero sabiendo que no soy el único que lo sufre.
UN INFIERNO POCO (RE)CONOCIDO.
Cuando el hombre murió, llegó a un lugar de inmensa y total calma. “Bienvenido”, escuchó “Por la eternidad podrás descansar y estar sin hacer absolutamente nada”. El hombre estaba feliz ante semejante oferta y se relajó sintiéndose feliz de su destino. Pasó el tiempo y el hombre comenzó a sentir la pesadez de no hacer nada.
- Estoy aburrido, quiero sentirme útil, ayudar a alguien - dijo el hombre.
- Lo siento - dijo la voz -, aquí no se puede hacer nada.
- Pero me siento inútil, no quiero tanto tiempo libre! Así no me había imaginado el Cielo!
- Y quién te dijo que estás en el Cielo? ESTO es el infierno.
Leí ese cuento hace tiempo, no recuerdo dónde o quién era el autor. Es seguro que estaba mejor escrito, pero recuerdo bien la historia y el desenlace. Cuando lo leí me llamó la atención, pero es ahora cuando es dolorosamente real pues vivo en mi propia versión del infierno.
Hace poco puse en mi página personal que mi trabajo estaba demasiado tranquilo y que me aburría. Entendiblemente, mucha gente me contestó con comentarios como “Qué envidia” o “No presumas cuando yo estoy ahogado en chamba”. ¿Qué contestarles? ¿Que soy YO el que les tengo envidia al saber que están ocupados y llenos de actividades? ¿Que tengo unas ganas irracionales de ser explotado?
Hace meses me siento así. Un día de descanso puede sentirse como un premio. Una semana tranquila es agradecida luego de un periodo especialmente turbulento. Pero cuando ese periodo empieza a extenderse, la desidia y la frustración se vuelven tus únicas y poco recomendables compañeras de trabajo. Cuando Wikipedia se ha convertido ya no en un lugar de consulta sino en tu medio de entretenimiento y terminas leyendo acerca de las deidades pre-islámicas en la península arábiga, te das cuenta que has caído MUY bajo.
Las horas de oficina son largas, precedidas por una lucha desgastante por salir de la cama. ¿Para qué te levantas si va a ser sólo un día exactamente igual a ayer, anteayer y a la semana pasada? Juro que no es fácil contestar esa pregunta, pero como no tengo un dolor abdominal o influenza que justificara mi ausencia, tengo que levantarme, bañarme y poner mi mejor cara cuando llego a mi santuario de ociosidad.
Sé que decir esto en una sociedad como la nuestra, y más en esta época en la que hay tanta gente desempleada, es como escupir al cielo, pero…. No creo poder contar esto como una bendición cuando me siento desperdiciado e inútil. Cuando he expresado por todos los medios civilizados (y ya varios incivilizados) que me siento desaprovechado e inútil. ¿Cuál es la respuesta? ¡Que soy bueno en lo que hago!
¡Demonios! No sé si eso quiere decir que en realidad soy MUY bueno o que puedo empezar a pensar que la gente no confía en mis capacidades y creen que lo poco que hago es más allá de mi nivel.
En una sociedad tan competitiva y esquematizada como la nuestra, no es concebible que alguien de mi edad, capacidad y ambición no trabaje. Yo mismo lo admito, en más de una ocasión he dicho que estoy “ahogado en chamba” para no aceptar (hasta ahora) esta realidad.
Quiero volver a sentir pertenencia a un proyecto o un objetivo. Sentir la adrenalina de un proyecto complejo y retante, escuchar el despertador y levantarme sabiendo que tengo algo importante e interesante esperándome en la oficina. Quiero dejar esta desidia que me ha acompañado ya por tan largo rato. Siento que estoy desperdiciando mis habilidades y capacidades y por mi educación y temperamento, eso se considera como pecado grave. Pecado grave…
Sólo pido una cosa…. Dios Mío, sácame de este infierno!
- Estoy aburrido, quiero sentirme útil, ayudar a alguien - dijo el hombre.
- Lo siento - dijo la voz -, aquí no se puede hacer nada.
- Pero me siento inútil, no quiero tanto tiempo libre! Así no me había imaginado el Cielo!
- Y quién te dijo que estás en el Cielo? ESTO es el infierno.
Leí ese cuento hace tiempo, no recuerdo dónde o quién era el autor. Es seguro que estaba mejor escrito, pero recuerdo bien la historia y el desenlace. Cuando lo leí me llamó la atención, pero es ahora cuando es dolorosamente real pues vivo en mi propia versión del infierno.
Hace poco puse en mi página personal que mi trabajo estaba demasiado tranquilo y que me aburría. Entendiblemente, mucha gente me contestó con comentarios como “Qué envidia” o “No presumas cuando yo estoy ahogado en chamba”. ¿Qué contestarles? ¿Que soy YO el que les tengo envidia al saber que están ocupados y llenos de actividades? ¿Que tengo unas ganas irracionales de ser explotado?
Hace meses me siento así. Un día de descanso puede sentirse como un premio. Una semana tranquila es agradecida luego de un periodo especialmente turbulento. Pero cuando ese periodo empieza a extenderse, la desidia y la frustración se vuelven tus únicas y poco recomendables compañeras de trabajo. Cuando Wikipedia se ha convertido ya no en un lugar de consulta sino en tu medio de entretenimiento y terminas leyendo acerca de las deidades pre-islámicas en la península arábiga, te das cuenta que has caído MUY bajo.
Las horas de oficina son largas, precedidas por una lucha desgastante por salir de la cama. ¿Para qué te levantas si va a ser sólo un día exactamente igual a ayer, anteayer y a la semana pasada? Juro que no es fácil contestar esa pregunta, pero como no tengo un dolor abdominal o influenza que justificara mi ausencia, tengo que levantarme, bañarme y poner mi mejor cara cuando llego a mi santuario de ociosidad.
Sé que decir esto en una sociedad como la nuestra, y más en esta época en la que hay tanta gente desempleada, es como escupir al cielo, pero…. No creo poder contar esto como una bendición cuando me siento desperdiciado e inútil. Cuando he expresado por todos los medios civilizados (y ya varios incivilizados) que me siento desaprovechado e inútil. ¿Cuál es la respuesta? ¡Que soy bueno en lo que hago!
¡Demonios! No sé si eso quiere decir que en realidad soy MUY bueno o que puedo empezar a pensar que la gente no confía en mis capacidades y creen que lo poco que hago es más allá de mi nivel.
En una sociedad tan competitiva y esquematizada como la nuestra, no es concebible que alguien de mi edad, capacidad y ambición no trabaje. Yo mismo lo admito, en más de una ocasión he dicho que estoy “ahogado en chamba” para no aceptar (hasta ahora) esta realidad.
Quiero volver a sentir pertenencia a un proyecto o un objetivo. Sentir la adrenalina de un proyecto complejo y retante, escuchar el despertador y levantarme sabiendo que tengo algo importante e interesante esperándome en la oficina. Quiero dejar esta desidia que me ha acompañado ya por tan largo rato. Siento que estoy desperdiciando mis habilidades y capacidades y por mi educación y temperamento, eso se considera como pecado grave. Pecado grave…
Sólo pido una cosa…. Dios Mío, sácame de este infierno!
miércoles, 26 de agosto de 2009
ALAS.
Hoy volví a recibir uno de esos correos. Una muy buena amiga me informa que terminó una relación. Si somos verdaderamente puristas, ni siquiera se puede llamar una relación pues no duró demasiado tiempo y justo la ruptura la provocó la “incompatibilidad de caracteres”. El correo fue increíblemente objetivo y razonado. “Amanecí triste, no deprimida que es diferente, muuuy diferente”.
No había reclamos airados al interfecto, no había mea-culpas exagerados ni la idealización de algo que no fue. Era solo un informe sobre la situación y un recuento de los daños. Una acción equiparable al decir “Auch” y agitar la mano cuando te quemas con la estufa. Esta vez, la pose y el drama de Madama Butterfly se quedaron guardados en el cajón pues no venía al caso el sacarlos.
Mi amiga está molesta, con ella misma. Molesta porque una vez más no hizo caso a la razón y se dejó llevar por un corazón con ganas de latir fuerte. Porque no quiso mantener la cabeza fría y fantaseó un rato. Porque extendió los brazos una vez más y se llevó otro golpe. ¿Cometió una falta grave o siquiera proporcionalmente igual al madrazo?
No lo sé, pero creo que nadie puede juzgar su acción pues todos hemos sido culpables (o víctimas, dependiendo de cómo se quiera ver) de una situación similar. Tengas 12 ó 70 creo que todos los que hemos estado solos (y NADIE sale librado de estar solo al menos un tiempo) tenemos cicatrices por situaciones así.
¿Cuál es la razón por la que aún y cuando ya conocemos el posible desenlace, todavía nos arriesgamos a darle otro llegue al alma y al corazón? Dejemos de lado el razonamiento de que somos masoquistas, pues es demasiado barato salir con esa excusa. Más bien es el afán de querer sentir mariposas en la panza, corazón acelerado y ver ese brillo en nuestros ojos. Y no estoy hablando de querer buscar y encontrar a la pareja de por vida o a la persona a la que queremos tomar de la mano en la vejez. Para eso necesitamos sentir realmente amor y no sólo el enamoramiento inicial que es a lo que me refiero aquí.
¿Será que al comportarnos como pubertos podemos volver a sentir así sea por unos días la misma alegría de vivir que teníamos en ese momento? ¿Buscamos de forma conciente esas descargas de gloria y tragedia? ¿Somos el chiste personal de ese gordito alado llamado Cupido? No lo sé. Lo único que estoy seguro es que luego de un periodo de duelo y de enojo, mi amiga en este momento y yo cuando vuelva a pasar por algo así, veremos un rasgón más en el corazón ya bastante remendado, pero igualmente con más personalidad y atractivo por lo mismo; nos acordaremos de quién fue quien lo causó y pondremos ese nombre en la compleja lista de personas que nos marcaron por un momento. Igual y el recuerdo e incluso el nombre se van a borrar dependiendo del tiempo y la profundidad de la llaga, pero lo que no olvidaremos es que por unos días pudimos sentirnos con alas.
Una vez más estaremos en la tierra, viendo con admiración y hasta envidia a aquellos que vuelan a nuestro alrededor, observando sus evoluciones y preparándonos de una u otra forma (así hayamos jurado que no lo volveremos a intentar) para nuestro siguiente vuelo.
No había reclamos airados al interfecto, no había mea-culpas exagerados ni la idealización de algo que no fue. Era solo un informe sobre la situación y un recuento de los daños. Una acción equiparable al decir “Auch” y agitar la mano cuando te quemas con la estufa. Esta vez, la pose y el drama de Madama Butterfly se quedaron guardados en el cajón pues no venía al caso el sacarlos.
Mi amiga está molesta, con ella misma. Molesta porque una vez más no hizo caso a la razón y se dejó llevar por un corazón con ganas de latir fuerte. Porque no quiso mantener la cabeza fría y fantaseó un rato. Porque extendió los brazos una vez más y se llevó otro golpe. ¿Cometió una falta grave o siquiera proporcionalmente igual al madrazo?
No lo sé, pero creo que nadie puede juzgar su acción pues todos hemos sido culpables (o víctimas, dependiendo de cómo se quiera ver) de una situación similar. Tengas 12 ó 70 creo que todos los que hemos estado solos (y NADIE sale librado de estar solo al menos un tiempo) tenemos cicatrices por situaciones así.
¿Cuál es la razón por la que aún y cuando ya conocemos el posible desenlace, todavía nos arriesgamos a darle otro llegue al alma y al corazón? Dejemos de lado el razonamiento de que somos masoquistas, pues es demasiado barato salir con esa excusa. Más bien es el afán de querer sentir mariposas en la panza, corazón acelerado y ver ese brillo en nuestros ojos. Y no estoy hablando de querer buscar y encontrar a la pareja de por vida o a la persona a la que queremos tomar de la mano en la vejez. Para eso necesitamos sentir realmente amor y no sólo el enamoramiento inicial que es a lo que me refiero aquí.
¿Será que al comportarnos como pubertos podemos volver a sentir así sea por unos días la misma alegría de vivir que teníamos en ese momento? ¿Buscamos de forma conciente esas descargas de gloria y tragedia? ¿Somos el chiste personal de ese gordito alado llamado Cupido? No lo sé. Lo único que estoy seguro es que luego de un periodo de duelo y de enojo, mi amiga en este momento y yo cuando vuelva a pasar por algo así, veremos un rasgón más en el corazón ya bastante remendado, pero igualmente con más personalidad y atractivo por lo mismo; nos acordaremos de quién fue quien lo causó y pondremos ese nombre en la compleja lista de personas que nos marcaron por un momento. Igual y el recuerdo e incluso el nombre se van a borrar dependiendo del tiempo y la profundidad de la llaga, pero lo que no olvidaremos es que por unos días pudimos sentirnos con alas.
Una vez más estaremos en la tierra, viendo con admiración y hasta envidia a aquellos que vuelan a nuestro alrededor, observando sus evoluciones y preparándonos de una u otra forma (así hayamos jurado que no lo volveremos a intentar) para nuestro siguiente vuelo.
UNA REALIDAD OPERÁTICA
“An opera begins long before the curtain goes up and ends long after it has come down. It starts in my imagination, it becomes my life, and it stays part of my life long after I’ve left the opera house”
Maria Callas
El sábado volví a darme una dosis de sufrimiento artístico auto-inflingido (y para colmo, pagando por ello). La verdad, es que no era cualquier cosa, era una producción de la Ópera del Met en el Auditorio. Aún y cuando fue a través de una pantalla y ni siquiera una transmisión en vivo, la mayor parte de los asistentes sabían las bases de la trama y cualquier persona con un ínfimo de educación musical sabía el final, eso no evitó que una enorme mayoría, protegidos por la oscuridad de la sala, dejáramos correr libres las lágrimas en el final. Mimí se moría y por más que Rodolfo gritara su nombre, no podía(mos) hacer nada por revivirla.
No puedo considerarme un fanático de la ópera y mucho menos un conocedor. Apenas he visto tres o cuatro funciones por mi propia iniciativa y ninguna en vivo. Pero en cada ocasión, un increíble hechizo surte efecto. La música empieza, el telón se levanta y puedo ver un pedazo de historia, tan real o ficticio como la vida misma, sólo que reflejado en un espejo que lo magnifica todo.
Es sobrecogedor ver, escuchar y sentir con tanta fuerza cómo se puede caer en la locura como Lucia, presenciar y querer sentir un amor tan profundo como el de Butterfly o vivir y morir por un momento con la intensidad de los personajes de La Boheme.
Sé que es imposible el vivir con esa pasión tan desmesurada toda la vida. De hecho, no creo que nadie pudiera soportarlo. Por eso creo que a lo que nos exponemos en ese momento es a ver una lupa que magnifica un momento ficticio pero que al mismo tiempo refleja la realidad. Una realidad que no sólo es la que viven los personajes, sino también la realidad y la época en que estaba el autor y aún más, la realidad de la persona que ve este espectáculo ahora. Una verdadera máquina del tiempo que logra amalgamar las emociones de tres momentos y situaciones distintas en un solo crisol.
No sé si pudiera (o incluso quisiera) vivir algo tan intenso, pero en ese momento, sentado en mi butaca, con la garganta cerrada y lágrima corriendo, solo quiero sentir así sea por un momento tanta fuerza. Quisiera que mi realidad se funda con la que veo y escucho. Quiero enamorarme a primera vista como Rodolfo o confiar en el amor a pesar del tiempo y la distancia como Cio-Cio-San. Quiero sentir la fuerza y el calor en la sangre que seguro sintió el compositor al hilar en su mente un intenso cierre de acto.
¿Estoy dispuesto a dejarme arrastrar por la pasión siguiendo a una Carmen moderna o arriesgándome por una gélida Turandot ejecutiva? Puede ser. O igual es posible que pasado el efecto, prefiera vivir sin tanta producción y artificios. Es mucho más sencillo dialogar en forma serena que a base de arias heroicas contestadas por reclamos en coloratura (quienes me han oído cantar, igualmente agradecerán que mejor eso lo deje a los profesionales).
Por el momento, tengo ya listos los boletos para varias dosis más. Ir a la ópera suena a una actividad increíblemente anacrónica y pretensiosa, sólo apta para viejitos aburridos o engreídos snobs, pero… te invito a que le des una oportunidad. En esta realidad, tan llena de prisa, racionalidad y cinismo, el regalarte unas horas para ver, escuchar, sentir y vivir en ese espejo, puede semejarse a descubrir un antiguo platillo gourmet: complejo de preparar, tal vez demasiado especiado y bastante diferente a lo que tu paladar está acostumbrado, pero que se abre como un cofre antiguo y mágico para ofrecer una experiencia de comunión, sin límites de tiempo o espacio, con lo más básico y a la vez elevado del ser humano: sus emociones.
Maria Callas
El sábado volví a darme una dosis de sufrimiento artístico auto-inflingido (y para colmo, pagando por ello). La verdad, es que no era cualquier cosa, era una producción de la Ópera del Met en el Auditorio. Aún y cuando fue a través de una pantalla y ni siquiera una transmisión en vivo, la mayor parte de los asistentes sabían las bases de la trama y cualquier persona con un ínfimo de educación musical sabía el final, eso no evitó que una enorme mayoría, protegidos por la oscuridad de la sala, dejáramos correr libres las lágrimas en el final. Mimí se moría y por más que Rodolfo gritara su nombre, no podía(mos) hacer nada por revivirla.
No puedo considerarme un fanático de la ópera y mucho menos un conocedor. Apenas he visto tres o cuatro funciones por mi propia iniciativa y ninguna en vivo. Pero en cada ocasión, un increíble hechizo surte efecto. La música empieza, el telón se levanta y puedo ver un pedazo de historia, tan real o ficticio como la vida misma, sólo que reflejado en un espejo que lo magnifica todo.
Es sobrecogedor ver, escuchar y sentir con tanta fuerza cómo se puede caer en la locura como Lucia, presenciar y querer sentir un amor tan profundo como el de Butterfly o vivir y morir por un momento con la intensidad de los personajes de La Boheme.
Sé que es imposible el vivir con esa pasión tan desmesurada toda la vida. De hecho, no creo que nadie pudiera soportarlo. Por eso creo que a lo que nos exponemos en ese momento es a ver una lupa que magnifica un momento ficticio pero que al mismo tiempo refleja la realidad. Una realidad que no sólo es la que viven los personajes, sino también la realidad y la época en que estaba el autor y aún más, la realidad de la persona que ve este espectáculo ahora. Una verdadera máquina del tiempo que logra amalgamar las emociones de tres momentos y situaciones distintas en un solo crisol.
No sé si pudiera (o incluso quisiera) vivir algo tan intenso, pero en ese momento, sentado en mi butaca, con la garganta cerrada y lágrima corriendo, solo quiero sentir así sea por un momento tanta fuerza. Quisiera que mi realidad se funda con la que veo y escucho. Quiero enamorarme a primera vista como Rodolfo o confiar en el amor a pesar del tiempo y la distancia como Cio-Cio-San. Quiero sentir la fuerza y el calor en la sangre que seguro sintió el compositor al hilar en su mente un intenso cierre de acto.
¿Estoy dispuesto a dejarme arrastrar por la pasión siguiendo a una Carmen moderna o arriesgándome por una gélida Turandot ejecutiva? Puede ser. O igual es posible que pasado el efecto, prefiera vivir sin tanta producción y artificios. Es mucho más sencillo dialogar en forma serena que a base de arias heroicas contestadas por reclamos en coloratura (quienes me han oído cantar, igualmente agradecerán que mejor eso lo deje a los profesionales).
Por el momento, tengo ya listos los boletos para varias dosis más. Ir a la ópera suena a una actividad increíblemente anacrónica y pretensiosa, sólo apta para viejitos aburridos o engreídos snobs, pero… te invito a que le des una oportunidad. En esta realidad, tan llena de prisa, racionalidad y cinismo, el regalarte unas horas para ver, escuchar, sentir y vivir en ese espejo, puede semejarse a descubrir un antiguo platillo gourmet: complejo de preparar, tal vez demasiado especiado y bastante diferente a lo que tu paladar está acostumbrado, pero que se abre como un cofre antiguo y mágico para ofrecer una experiencia de comunión, sin límites de tiempo o espacio, con lo más básico y a la vez elevado del ser humano: sus emociones.
UN DOMINGO (NO TAN) CUALQUIERA.
- “DÉJAME VIVIR!”
Un grito me despertó de zopetón. Eran apenas las 7 de la mañana de un domingo cualquiera y alguien estaba gritando en el patio del edificio. No me desperté inmediatamente, sino que cerré más los ojos e intenté regresar a donde fuera que hubiera dejado mi sueño dos segundos antes.
- “BRIGITTE!..... Maldito!, por qué no nos dejas en paz?”
Maldita sea. Un idiota despechado que le viene a gritar a la ex-novia…
- “Por tu culpa a México se lo está cargando la chingada! Pudimos ser los amos del mundo, pero tú y tus amigos nos tienen jodidos!”
En la madre! Para colmo es un peje-zombie… Con ganas de hacerle como en los anuncios de las galletas Emperador. “Guardias! Llévense al gritón!” Mmmmhhh, y por qué demonios los de seguridad del edificio no han hecho nada?
- “Aquí están los planos del auto que funciona con agua, me los intentaste quitar, pero no pudiste. Eso y mi libertad no me lo puedes quitar”
OK, la curiosidad es superior a la flojera, levántate, abre la cortina y ve quién está dando tan singular espectáculo.
Dicho y hecho. Sorpresa al ver que el gritón era uno de mis vecinos. Desde mi ventana se veía que ya se había entretenido un buen rato destrozando su departamento y ahora gritaba a voz en cuello. Vestía únicamente calzones y una chamarra de esquiador y agitaba papeles en sus manos. La mirada no era perdida sino frenética y el tono de voz era firme y entonado a pesar de las incoherencias que decía.
El tipo siguió gritando frases a la cual más estrambótica durante probablemente una hora. Sus gritos eran acompañados de vez en cuando con un “Ya cállate!” de algún otro vecino que se quitaba las lagañas desde otra ventana. Alguien llamó a los bomberos. Nuestro personaje recibió a uno de ellos, que fungía como negociador, aventando una silla de comedor al jardín y haciendo sonar una campana con la que rompió su propia ventana pues, en sus palabras, intentaba hacer un llamamiento a la libertad y a que México despertara por intercesión de la Virgen de Guadalupe. El bombero resultó ser un distractor. En lo que hablaba con el loco furioso, sus compañeros tumbaron la puerta y lo agarraron ya cuando tenía más de la mitad del cuerpo fuera de la ventana. Desde mi lugar sólo se vio cómo lo tumbaron al piso. Se escucharon aplausos de algún vecino y todos intentamos regresar a dormir. La vida volvió al a normalidad en el edificio.
¿Quién era? ¿Qué fue de él? ¿Por qué se puso así? No lo sé y es poco probable que lo sepa. Ya han pasado más de tres semanas y la ventana rota sigue igual y el departamento permanece vacío. Dos mensajes de la administración del departamento pegados en el elevador me da una pequeña pista de lo que pudo ser la conclusión.
- Debido a los recientes acontecimientos, se les pide atentamente a los condóminos nos proporcionen los datos y teléfonos de algún familiar cercano y de su médico.
- Se hará una misa de difuntos el día X a las X:XX horas en las instalaciones.
Dos amigos y vecinos ni siquiera se enteraron del incidente y se mostraron incrédulos cuando les conté lo ocurrido. Miradas de asombro siguieron cuando les mostré la ventana rota tanto tiempo después.
Vivimos juntos pero increíblemente solos.
No lo he cumplido, pero pretendo aumentar mi comunicación con mi familia y amigos. Prefiero que en cada ocasión sea para comunicar un evento alegre, un nuevo proyecto, tal vez escuchar o pedir ser oído en un contratiempo o sólo el saber cómo va nuestra cotidianeidad, pero no quiero correr el riesgo de un día encontrarme en un momento de tal soledad y desesperación que me lleve a ser el futuro tema de un blog de un extraño.
Quien quiera que haya sido, vecino, descansa en paz.
Un grito me despertó de zopetón. Eran apenas las 7 de la mañana de un domingo cualquiera y alguien estaba gritando en el patio del edificio. No me desperté inmediatamente, sino que cerré más los ojos e intenté regresar a donde fuera que hubiera dejado mi sueño dos segundos antes.
- “BRIGITTE!..... Maldito!, por qué no nos dejas en paz?”
Maldita sea. Un idiota despechado que le viene a gritar a la ex-novia…
- “Por tu culpa a México se lo está cargando la chingada! Pudimos ser los amos del mundo, pero tú y tus amigos nos tienen jodidos!”
En la madre! Para colmo es un peje-zombie… Con ganas de hacerle como en los anuncios de las galletas Emperador. “Guardias! Llévense al gritón!” Mmmmhhh, y por qué demonios los de seguridad del edificio no han hecho nada?
- “Aquí están los planos del auto que funciona con agua, me los intentaste quitar, pero no pudiste. Eso y mi libertad no me lo puedes quitar”
OK, la curiosidad es superior a la flojera, levántate, abre la cortina y ve quién está dando tan singular espectáculo.
Dicho y hecho. Sorpresa al ver que el gritón era uno de mis vecinos. Desde mi ventana se veía que ya se había entretenido un buen rato destrozando su departamento y ahora gritaba a voz en cuello. Vestía únicamente calzones y una chamarra de esquiador y agitaba papeles en sus manos. La mirada no era perdida sino frenética y el tono de voz era firme y entonado a pesar de las incoherencias que decía.
El tipo siguió gritando frases a la cual más estrambótica durante probablemente una hora. Sus gritos eran acompañados de vez en cuando con un “Ya cállate!” de algún otro vecino que se quitaba las lagañas desde otra ventana. Alguien llamó a los bomberos. Nuestro personaje recibió a uno de ellos, que fungía como negociador, aventando una silla de comedor al jardín y haciendo sonar una campana con la que rompió su propia ventana pues, en sus palabras, intentaba hacer un llamamiento a la libertad y a que México despertara por intercesión de la Virgen de Guadalupe. El bombero resultó ser un distractor. En lo que hablaba con el loco furioso, sus compañeros tumbaron la puerta y lo agarraron ya cuando tenía más de la mitad del cuerpo fuera de la ventana. Desde mi lugar sólo se vio cómo lo tumbaron al piso. Se escucharon aplausos de algún vecino y todos intentamos regresar a dormir. La vida volvió al a normalidad en el edificio.
¿Quién era? ¿Qué fue de él? ¿Por qué se puso así? No lo sé y es poco probable que lo sepa. Ya han pasado más de tres semanas y la ventana rota sigue igual y el departamento permanece vacío. Dos mensajes de la administración del departamento pegados en el elevador me da una pequeña pista de lo que pudo ser la conclusión.
- Debido a los recientes acontecimientos, se les pide atentamente a los condóminos nos proporcionen los datos y teléfonos de algún familiar cercano y de su médico.
- Se hará una misa de difuntos el día X a las X:XX horas en las instalaciones.
Dos amigos y vecinos ni siquiera se enteraron del incidente y se mostraron incrédulos cuando les conté lo ocurrido. Miradas de asombro siguieron cuando les mostré la ventana rota tanto tiempo después.
Vivimos juntos pero increíblemente solos.
No lo he cumplido, pero pretendo aumentar mi comunicación con mi familia y amigos. Prefiero que en cada ocasión sea para comunicar un evento alegre, un nuevo proyecto, tal vez escuchar o pedir ser oído en un contratiempo o sólo el saber cómo va nuestra cotidianeidad, pero no quiero correr el riesgo de un día encontrarme en un momento de tal soledad y desesperación que me lleve a ser el futuro tema de un blog de un extraño.
Quien quiera que haya sido, vecino, descansa en paz.
jueves, 2 de julio de 2009
¿PODRÍAS DONAR SANGRE?
El sábado fui a donar sangre. Me quitaron sangre, tiempo y una buena parte de la tranquilidad de mi sueño.
La lista de requerimientos para donar arranca estándar:
Tener entre 18 y 60 años. Pesar más de 50 kgs. No haber donado en los últimos 45 días. No haberse aplicado ningún tipo de vacuna. No estar embarazada, lactando o menstruando (Si tuviera alguna de esas últimas, me hubiera ido directo a Ripley’s).
Luego empieza a ponerse mal:
Ayuno mínimo de 7 horas y máximo de 10. No haber ingerido cantidades altas de grasas ni bebidas alcohólicas. (Considerando que iba a donar en la mañana eso implicaba cenar sanamente un viernes sin reventarme y desmañanarme un sábado). No estar en tratamiento médico ni haber tomado medicamentos. No estar desvelado (El desvelo no es un estado, es un estilo de vida). No tener enfermedades crónicas. (Con mis antecedentes familiares, en unos años me van a rebotar, así que aprovechemos ahora). No tener perforaciones, tatuajes, cirugías recientes, acupuntura o tratamiento dental cuando menos en los últimos 12 meses. (Al menos lo limitaron a 12 meses. Irónicamente esta fue la razón por la que varios dudaron que yo pudiera hacerlo).
Y termina MUY mal pues llegan los cuestionamientos que se van extendiendo en preguntas cada vez más incómodas de responder:
- ¿Practica la prostitución? No. OK, esa estuvo fácil.
- ¿Ha utilizado drogas? Si digo que fumé una sola vez, cuenta?
- ¿Ha tenido una sola pareja sexual? Estee, y aquí no le ponen a uno rango de tiempo como con los tatuajes?
- ¿Nunca nunca nunca ha tenido una relación sexual casual? Esteeee…cuenta igual la respuesta si digo que siempre ha sido con protección?
- ¿Pone las manos en el fuego por la salud y sobre todo por la virtud de todas sus parejas? Esteeeeeeeeeee...
- ¿Sabe que las ETS no se detectan hasta tiempo después en un análisis y puede estar contagiando a otra persona? FUCK!!! Sí lo sé, pero había pretendido bloquearlo de mi mente! ¿Cree que me hago análisis cada 6 meses nada más por el gusto que me da que me pinchen el brazo?
NO, no soy un irresponsable. Si me mostré dispuesto a donar es porque en todos los análisis que me he hecho, he salido limpio y porque como decía una amiga “Si no tuviera la conciencia tan tranquila y una vida sexual tan inactiva, estaría preocupado”. Si desde que me aplicaron este cuestionario estoy estresado y mentando madres con cada estornudo o espasmo muscular es más por mi neurosis que por mi estilo de vida (¿Alguien dijo hipocondría?).
Cada vez que me hago un análisis, pasa lo mismo. Son días y noches de estarle dando vueltas al asunto, de empezar con la cantaleta de “San Charbel, no me falles en esta! Si la neta ni me he portado tan mal y siempre me he cuidado, qué posibilidades habría? Por favor, por favor, por favor, que no le haya atinado a la rifa!”. El tener el sobre con los resultados es la cumbre de un horrible shot de adrenalina que solo baja y me deja volver a dormir tranquilo hasta el momento de leerlos y saberme oficialmente sano.
Estoy totalmente convencido que se tienen que hacer estos cuestionamientos, que hay que poner filtros para la donación de sangre y que no pueden ponerse a dar un curso de ETSs en un folleto y en la entrevista, pero aunque no sé si otras personas les pase lo mismo al menos yo salí convencido de dos cosas:
1) Los comportamientos comunes (para no decir “normales”) de la gran mayoría de la población soltera (y a veces no solo soltera) que conozco, no resultan solamente religiosa o moralmente incorrectos (ja! El que esté libre de pecado…), sino también médicamente cuestionables para estos fines altruistas, y
2) Si quieren garantizar el cumplimiento estricto de todos los requerimientos, hay que buscar donadores en los conventos de monjitas de clausura.
La lista de requerimientos para donar arranca estándar:
Tener entre 18 y 60 años. Pesar más de 50 kgs. No haber donado en los últimos 45 días. No haberse aplicado ningún tipo de vacuna. No estar embarazada, lactando o menstruando (Si tuviera alguna de esas últimas, me hubiera ido directo a Ripley’s).
Luego empieza a ponerse mal:
Ayuno mínimo de 7 horas y máximo de 10. No haber ingerido cantidades altas de grasas ni bebidas alcohólicas. (Considerando que iba a donar en la mañana eso implicaba cenar sanamente un viernes sin reventarme y desmañanarme un sábado). No estar en tratamiento médico ni haber tomado medicamentos. No estar desvelado (El desvelo no es un estado, es un estilo de vida). No tener enfermedades crónicas. (Con mis antecedentes familiares, en unos años me van a rebotar, así que aprovechemos ahora). No tener perforaciones, tatuajes, cirugías recientes, acupuntura o tratamiento dental cuando menos en los últimos 12 meses. (Al menos lo limitaron a 12 meses. Irónicamente esta fue la razón por la que varios dudaron que yo pudiera hacerlo).
Y termina MUY mal pues llegan los cuestionamientos que se van extendiendo en preguntas cada vez más incómodas de responder:
- ¿Practica la prostitución? No. OK, esa estuvo fácil.
- ¿Ha utilizado drogas? Si digo que fumé una sola vez, cuenta?
- ¿Ha tenido una sola pareja sexual? Estee, y aquí no le ponen a uno rango de tiempo como con los tatuajes?
- ¿Nunca nunca nunca ha tenido una relación sexual casual? Esteeee…cuenta igual la respuesta si digo que siempre ha sido con protección?
- ¿Pone las manos en el fuego por la salud y sobre todo por la virtud de todas sus parejas? Esteeeeeeeeeee...
- ¿Sabe que las ETS no se detectan hasta tiempo después en un análisis y puede estar contagiando a otra persona? FUCK!!! Sí lo sé, pero había pretendido bloquearlo de mi mente! ¿Cree que me hago análisis cada 6 meses nada más por el gusto que me da que me pinchen el brazo?
NO, no soy un irresponsable. Si me mostré dispuesto a donar es porque en todos los análisis que me he hecho, he salido limpio y porque como decía una amiga “Si no tuviera la conciencia tan tranquila y una vida sexual tan inactiva, estaría preocupado”. Si desde que me aplicaron este cuestionario estoy estresado y mentando madres con cada estornudo o espasmo muscular es más por mi neurosis que por mi estilo de vida (¿Alguien dijo hipocondría?).
Cada vez que me hago un análisis, pasa lo mismo. Son días y noches de estarle dando vueltas al asunto, de empezar con la cantaleta de “San Charbel, no me falles en esta! Si la neta ni me he portado tan mal y siempre me he cuidado, qué posibilidades habría? Por favor, por favor, por favor, que no le haya atinado a la rifa!”. El tener el sobre con los resultados es la cumbre de un horrible shot de adrenalina que solo baja y me deja volver a dormir tranquilo hasta el momento de leerlos y saberme oficialmente sano.
Estoy totalmente convencido que se tienen que hacer estos cuestionamientos, que hay que poner filtros para la donación de sangre y que no pueden ponerse a dar un curso de ETSs en un folleto y en la entrevista, pero aunque no sé si otras personas les pase lo mismo al menos yo salí convencido de dos cosas:
1) Los comportamientos comunes (para no decir “normales”) de la gran mayoría de la población soltera (y a veces no solo soltera) que conozco, no resultan solamente religiosa o moralmente incorrectos (ja! El que esté libre de pecado…), sino también médicamente cuestionables para estos fines altruistas, y
2) Si quieren garantizar el cumplimiento estricto de todos los requerimientos, hay que buscar donadores en los conventos de monjitas de clausura.
lunes, 1 de junio de 2009
¿NECESITAR ES MEJOR QUE QUERER?
“Muestra y demuestra que necesitas una mujer en tu casa!”
Con esas palabras una muy buena amiga me “reclamó” el ser un buen anfitrión en mi departamento de soltero. El departamento estaba arreglado (no por mí sino por la heroica muchacha que me ayuda una vez a la semana a mantener mi desorden en un nivel aceptable), la cena estaba preparada (esa sí por mí y dos recetas sencillas) y yo estaba en función de amo-de-casa-desesperado buscando pasarla bien y que mis invitados lo hicieran también en una de las primeras reuniones con platos no desechables en mi casa.
El comentario, hecho con la mejor intención y no solo como broma, caló hondo. Y tal vez sea porque no es la primera vez que me lo dicen. Nunca falta la tía bien intencionada que decidió comentar el punto con exactamente las mismas palabras al enterarse que me iba a vivir solo.
Tengo que vivir en el prototipo de departamento de soltero? Plantas muertas, hongos en el refri, ropa interior colgada en la sala, solo chelas en la alacena… JODER! Lo que es entendible y hasta cliché en un estudiante de 18 no creo que sea lógico para alguien de más de 30. Tengo que imponer(me) un estilo “como lo vió en TV” para conseguir a una mujer al demostrar fehacientemente que la necesito?
Pero…. Y si no NECESITO una mujer? No seré un as en la cocina y mucho menos en la limpieza, la decoración igual y no tiene ese “toque femenino” y mis habilidades de organización y atención no son dignas de mención honorífica, pero me las arreglo bien solo. No NECESITO una mujer en mi vida. QUIERO una mujer en mi vida.
Puede que necesite un acostón ocasional, pero lo que realmente quiero es una mujer con quién dormir. No necesito alguien para no estar solo, sino que quiero alguien con quién compartir todo momento.
Por años se han burlado de mi intención de buscar a la mujer perfecta. Hay amigos que creen que yo espero una Miss Universo de sangre real, con tres premios Nobel y que a las seis de la mañana cocine pasteles con tacones y collar de perlas. Obvio esto es una exageración y ya estoy bastante grandecito como para creer en la princesa encantada y perfecta, pero va hacia el mismo punto. No necesito una mujer en mi vida, sino que quiero encontrar a LA mujer de mi vida.
QUIERO una mujer con la que pueda sentirme cómodo en las buenas y en las malas, en una relación de iguales. En la que ella sepa que si llega tarde a casa no estará en llamas y que yo sepa que puedo llorar en su hombro cuando me sienta hecho polvo. ¿Es un patrón totalmente diferente al estereotipado de hombre-cazador-proveedor y mujer-recolectora-dependiente? Supongo que sí, pero es lo que he visto que ha sido el éxito de las parejas de mi generación. Dos personas maduras que saben que QUIEREN estar juntas en vez de necesitar estar así. Habré encontrado a rarísimas excepciones que confirman la regla en un mundo de puro necesitado? No lo creo, y si fuera así, yo quiero entrar en esas excepciones.
No es mejor entonces querer que necesitar?
Ahora la pregunta final... ¿cómo se demuestra el querer sin necesitar?
Con esas palabras una muy buena amiga me “reclamó” el ser un buen anfitrión en mi departamento de soltero. El departamento estaba arreglado (no por mí sino por la heroica muchacha que me ayuda una vez a la semana a mantener mi desorden en un nivel aceptable), la cena estaba preparada (esa sí por mí y dos recetas sencillas) y yo estaba en función de amo-de-casa-desesperado buscando pasarla bien y que mis invitados lo hicieran también en una de las primeras reuniones con platos no desechables en mi casa.
El comentario, hecho con la mejor intención y no solo como broma, caló hondo. Y tal vez sea porque no es la primera vez que me lo dicen. Nunca falta la tía bien intencionada que decidió comentar el punto con exactamente las mismas palabras al enterarse que me iba a vivir solo.
Tengo que vivir en el prototipo de departamento de soltero? Plantas muertas, hongos en el refri, ropa interior colgada en la sala, solo chelas en la alacena… JODER! Lo que es entendible y hasta cliché en un estudiante de 18 no creo que sea lógico para alguien de más de 30. Tengo que imponer(me) un estilo “como lo vió en TV” para conseguir a una mujer al demostrar fehacientemente que la necesito?
Pero…. Y si no NECESITO una mujer? No seré un as en la cocina y mucho menos en la limpieza, la decoración igual y no tiene ese “toque femenino” y mis habilidades de organización y atención no son dignas de mención honorífica, pero me las arreglo bien solo. No NECESITO una mujer en mi vida. QUIERO una mujer en mi vida.
Puede que necesite un acostón ocasional, pero lo que realmente quiero es una mujer con quién dormir. No necesito alguien para no estar solo, sino que quiero alguien con quién compartir todo momento.
Por años se han burlado de mi intención de buscar a la mujer perfecta. Hay amigos que creen que yo espero una Miss Universo de sangre real, con tres premios Nobel y que a las seis de la mañana cocine pasteles con tacones y collar de perlas. Obvio esto es una exageración y ya estoy bastante grandecito como para creer en la princesa encantada y perfecta, pero va hacia el mismo punto. No necesito una mujer en mi vida, sino que quiero encontrar a LA mujer de mi vida.
QUIERO una mujer con la que pueda sentirme cómodo en las buenas y en las malas, en una relación de iguales. En la que ella sepa que si llega tarde a casa no estará en llamas y que yo sepa que puedo llorar en su hombro cuando me sienta hecho polvo. ¿Es un patrón totalmente diferente al estereotipado de hombre-cazador-proveedor y mujer-recolectora-dependiente? Supongo que sí, pero es lo que he visto que ha sido el éxito de las parejas de mi generación. Dos personas maduras que saben que QUIEREN estar juntas en vez de necesitar estar así. Habré encontrado a rarísimas excepciones que confirman la regla en un mundo de puro necesitado? No lo creo, y si fuera así, yo quiero entrar en esas excepciones.
No es mejor entonces querer que necesitar?
Ahora la pregunta final... ¿cómo se demuestra el querer sin necesitar?
HOMBRE SOLTERO BUSCA.
Lo acepto. Caí. Luego de varios meses, juramentos en vano y burlas más o menos (normalmente menos) discretas para los que me han precedido en el camino a la perdición, me uní a ellos. Entré a un sitio de buscar pareja en Internet.
¿Dónde demonios puede encontrar un hombre chilango en sus primeros 30’s, profesionista, medianamente civilizado y pensante a una mujer con descripción y requisitos similares?
De acuerdo, yo mismo me construí el problema en el que estoy metido. Cuando había gente disponible a mi alrededor yo estaba emparejado o en luto por alguna relación que no funcionó. En ese momento tenía unos estándares demasiado altos como para aceptar un date con “una niña super linda que es la mejor amiga de mi novio” (Aclaremos, si tu novio me parece un pelmazo sin el menor interés y NO me cae, es poco probable que su mejor amiga sea diferente. Lo siento, es culpable por asociación delictuosa y lo mismo estoy pensando de ti… qué demonios le viste a este tipo? Tan desesperada ya estás?!)
El problema viene tiempo después, cuando ya las ofertas de ese tipo de citas ya no aparecen en el horizonte. El círculo de amistades empieza a incrementar su número y no precisamente por nuevos integrantes sino por los hijos de los fundadores. Peor aún, hay algunos de ellos que tienen la desfachatez de ya ir por la segunda vuelta en sus matrimonios y/o relaciones “estables y de largo compromiso” cuando uno ni siquiera ve en el horizonte la primera.
A lo que queda orillado uno es a buscar medios alternativos. Decides archivar en lo más profundo del inconsciente tanto las horribles historias de fracasos como las anécdotas de cuento de hadas que te han contado otros que han tomado este camino; tomas una foto decente, un discurso como de vendedor de autos usados (solo falta indicar que tu color favorito es el azul chiclamino) y te lanzas a la enorme red en busca de conocer a alguien.
Unas horas dentro de la página y sientes que Ulises la tuvo fácil en su viaje. Escuchas desde los cantos de sirenas sexosas tipo “busco semental interesado en S&M para relación ocasional con una insaciable” hasta aquella que se siente cual Penélope esperando “a un hombre dulce y sincero, que suspire al ver un amanecer, que quiera casarse pasado mañana y adorar a mis 5 hijitos y que no me pegue” (WHAT?!?!).
En sentido inverso, puedo decir que igualmente es un doloroso sanity-check el enviar un mensaje a una persona que te resulta interesante por su foto y/o perfil para recibir sólo silencio a cambio. “La foto no me ayudará? El mail fue muy corto? Me noto urgido? Parecerá carta de asesino serial en busca de víctima?”. Al final lo único que te queda es tomar como mantra el título de una reciente película “A él (ella) no le gustas tanto” y continuar en búsqueda.
No considero que esto último sea malo o deprimente. He tenido suerte en encontrar gente interesante y divertida, mujeres con las que la relación no pasa de un mail y mujeres con las que me gustaría seguir en contacto. Mujeres al fin y al cabo, que al igual que yo decidieron aceptar una situación y sus oportunidades o riesgos y poner un mensaje que podría iniciar “Mujer soltera busca”.
¿Dónde demonios puede encontrar un hombre chilango en sus primeros 30’s, profesionista, medianamente civilizado y pensante a una mujer con descripción y requisitos similares?
De acuerdo, yo mismo me construí el problema en el que estoy metido. Cuando había gente disponible a mi alrededor yo estaba emparejado o en luto por alguna relación que no funcionó. En ese momento tenía unos estándares demasiado altos como para aceptar un date con “una niña super linda que es la mejor amiga de mi novio” (Aclaremos, si tu novio me parece un pelmazo sin el menor interés y NO me cae, es poco probable que su mejor amiga sea diferente. Lo siento, es culpable por asociación delictuosa y lo mismo estoy pensando de ti… qué demonios le viste a este tipo? Tan desesperada ya estás?!)
El problema viene tiempo después, cuando ya las ofertas de ese tipo de citas ya no aparecen en el horizonte. El círculo de amistades empieza a incrementar su número y no precisamente por nuevos integrantes sino por los hijos de los fundadores. Peor aún, hay algunos de ellos que tienen la desfachatez de ya ir por la segunda vuelta en sus matrimonios y/o relaciones “estables y de largo compromiso” cuando uno ni siquiera ve en el horizonte la primera.
A lo que queda orillado uno es a buscar medios alternativos. Decides archivar en lo más profundo del inconsciente tanto las horribles historias de fracasos como las anécdotas de cuento de hadas que te han contado otros que han tomado este camino; tomas una foto decente, un discurso como de vendedor de autos usados (solo falta indicar que tu color favorito es el azul chiclamino) y te lanzas a la enorme red en busca de conocer a alguien.
Unas horas dentro de la página y sientes que Ulises la tuvo fácil en su viaje. Escuchas desde los cantos de sirenas sexosas tipo “busco semental interesado en S&M para relación ocasional con una insaciable” hasta aquella que se siente cual Penélope esperando “a un hombre dulce y sincero, que suspire al ver un amanecer, que quiera casarse pasado mañana y adorar a mis 5 hijitos y que no me pegue” (WHAT?!?!).
En sentido inverso, puedo decir que igualmente es un doloroso sanity-check el enviar un mensaje a una persona que te resulta interesante por su foto y/o perfil para recibir sólo silencio a cambio. “La foto no me ayudará? El mail fue muy corto? Me noto urgido? Parecerá carta de asesino serial en busca de víctima?”. Al final lo único que te queda es tomar como mantra el título de una reciente película “A él (ella) no le gustas tanto” y continuar en búsqueda.
No considero que esto último sea malo o deprimente. He tenido suerte en encontrar gente interesante y divertida, mujeres con las que la relación no pasa de un mail y mujeres con las que me gustaría seguir en contacto. Mujeres al fin y al cabo, que al igual que yo decidieron aceptar una situación y sus oportunidades o riesgos y poner un mensaje que podría iniciar “Mujer soltera busca”.
CARTAS DE RELACIÓN.
“Tengo que decirte algo sobre ti que parece que tu mismo ignoras, deberías ser escritor”. Cuando este comentario me lo puso una persona que recién conozco al leer dos o tres de mis correos en donde relataba cómo vivo y cómo pienso, me dejó con una enorme interrogante. ¿Debería intentarlo?
No es la primera vez que se me ocurre. En varias ocasiones he considerado que con las aventuras (o desventuras) en las que he estado involucrado como participante u oyente, podría hacer algo mucho más entretenido que la novela de las 9:00, pero esto es diferente. Normalmente escribo como hablo (barroco, complejo, lleno de ideas intercaladas y cientos de paréntesis) pero no sé si a alguien más, fuera de mi círculo cercano, le podría interesar lo que tengo que decir o escribir.
Nunca he tenido un diario y no creo que esto vaya a ser uno. Los múltiples intentos que he tenido de arrancar uno terminan invariablemente a la mañana siguiente en el cesto de basura. Supongo que este experimento será más bien un modo de hacer una reflexión (espero divertida) sobre lo que acontece y tal vez ahorrarme la terapia o al menos tener mi caso documentado. (Si alguien pretende decirme que eso es justamente la función de un diario, NO ME INTERESA!)
Jorge Bucay no se considera escritor, pero crea y recopila cuentos para buscar entender la mente de sus pacientes y entenderse a sí mismo. Germán Dehesa escribe su Columna del Ángel tanto para la enorme diversión de sus fieles lectores, como supongo para su propio entretenimiento. En varias ocasiones he pensado cuántas oportunidades se han perdido de conocer a alguien ahora al ya no existir la correspondencia. Lanclos en sus “Relaciones Peligrosas” y Matt Beaumont en su divertidísima “E” me ilustraron en cuánto se puede conocer o reconocer de una persona en sus cartas. No pretendo compararme con ellos en ningún modo, pero veo que no estoy tan solo en esta búsqueda de un momento o un espacio para pensar y para dejar constancia en blanco y negro sobre esta acción.
Luego de un tiempo de meditarlo, me di cuenta que quiero empezar este ejercicio escribiendo primero y originalmente para mí. No será con la intención de incrementar un inflado ego o de realizar una masturbación literaria, sino sólo para contarme lo que pasa por mi vida y mi cabeza. Si en tantas ocasiones he aprovechado un mail a una gran amiga para realmente contarle (contarme) como voy, creo que puedo hacerlo ahora sin un pretexto o receptor establecido.
Es por eso que quiero titular este ejercicio Cartas de Relación (Hernán Cortés no me puede acusar de plagio). No están dirigidas a nadie en particular, no tienen un tema o un estilo definido y no buscan una contestación inmediata.
Aunque, sería maravilloso que estos escritos sin destinatario fijo, llegaran a un receptor que igualmente, de forma anónima o con firma y cara me dijera dónde estamos y hacia dónde vamos.
No es la primera vez que se me ocurre. En varias ocasiones he considerado que con las aventuras (o desventuras) en las que he estado involucrado como participante u oyente, podría hacer algo mucho más entretenido que la novela de las 9:00, pero esto es diferente. Normalmente escribo como hablo (barroco, complejo, lleno de ideas intercaladas y cientos de paréntesis) pero no sé si a alguien más, fuera de mi círculo cercano, le podría interesar lo que tengo que decir o escribir.
Nunca he tenido un diario y no creo que esto vaya a ser uno. Los múltiples intentos que he tenido de arrancar uno terminan invariablemente a la mañana siguiente en el cesto de basura. Supongo que este experimento será más bien un modo de hacer una reflexión (espero divertida) sobre lo que acontece y tal vez ahorrarme la terapia o al menos tener mi caso documentado. (Si alguien pretende decirme que eso es justamente la función de un diario, NO ME INTERESA!)
Jorge Bucay no se considera escritor, pero crea y recopila cuentos para buscar entender la mente de sus pacientes y entenderse a sí mismo. Germán Dehesa escribe su Columna del Ángel tanto para la enorme diversión de sus fieles lectores, como supongo para su propio entretenimiento. En varias ocasiones he pensado cuántas oportunidades se han perdido de conocer a alguien ahora al ya no existir la correspondencia. Lanclos en sus “Relaciones Peligrosas” y Matt Beaumont en su divertidísima “E” me ilustraron en cuánto se puede conocer o reconocer de una persona en sus cartas. No pretendo compararme con ellos en ningún modo, pero veo que no estoy tan solo en esta búsqueda de un momento o un espacio para pensar y para dejar constancia en blanco y negro sobre esta acción.
Luego de un tiempo de meditarlo, me di cuenta que quiero empezar este ejercicio escribiendo primero y originalmente para mí. No será con la intención de incrementar un inflado ego o de realizar una masturbación literaria, sino sólo para contarme lo que pasa por mi vida y mi cabeza. Si en tantas ocasiones he aprovechado un mail a una gran amiga para realmente contarle (contarme) como voy, creo que puedo hacerlo ahora sin un pretexto o receptor establecido.
Es por eso que quiero titular este ejercicio Cartas de Relación (Hernán Cortés no me puede acusar de plagio). No están dirigidas a nadie en particular, no tienen un tema o un estilo definido y no buscan una contestación inmediata.
Aunque, sería maravilloso que estos escritos sin destinatario fijo, llegaran a un receptor que igualmente, de forma anónima o con firma y cara me dijera dónde estamos y hacia dónde vamos.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
