“A quien lloro y por quien guardé tanto luto no es una persona, sino una imagen de alguien que no existe”. Esta es una declaración muy fuerte, pero no por eso menos real.
¿Cómo luchar contra un ideal? ¿Cómo enfrentar y romper un hechizo de amor que yo mismo creé y que alimenté por tanto tiempo?
Ella ya no está aquí, ella ya siguió adelante. De hecho, ella tal vez nunca existió. Me aferré a un recuerdo, ya muy desdibujado y alterado, pero al que yo quise ponerle su cara. Me enamoré, guardé luto y juré fidelidad a una imagen idealizada de una persona que no existe. Mi ex no era perfecta, de hecho distaba muchísimo de serlo, pero a cada uno de sus múltiples y muy irritantes defectos yo quise agregarles un toque de grandeza. No era insegura… me permitía que le demostrara lo increíble que ella era. Nunca caprichosa, solo tuvo un mal momento corregible con la edad y la madurez. Su temperamento era apasionado y arrebatado, no explosivo y cínico. Tomó tiempo y esfuerzo el idealizarla estando ella presente, pero fue sencillo el volverla perfecta para mí una vez ausente.
Ese ideal me acompañó por mucho tiempo, siempre como el estándar áureo al que debía yo aspirar en una relación. Cuando dudaba o flaqueaban mis fuerzas, cuando empezaba a tambalearse el pedestal en el que la puse, sólo tenía que agregarle un poco más de brillo a la imagen. Ella era la imagen de una relación ideal; la hice tan luminosa, que dejó de verse, la imaginé tan perfecta que se volvió grotesca. Una verdadera quimera. Si a estas alturas hiciera una comparación contra aquella persona que yo tomé como base para crear a mi ídolo, la original sería una simple e infeliz mortal frente a una diosa inalcanzable. Si hoy pudiera ponerlas frente a frente, a mi imagen idealizada y a la persona real, estoy seguro que ambas (la ideal y la real) verían con pasmo y horror el presunto espejo en el que yo quería verlas reflejadas.
El objeto de mi culto personal duró mucho tiempo. Mi ideal no es una persona, es un monstruo que se alimenta de mis miedos, de mi soledad y de las estúpidas comparaciones que he hecho entre ella y las “mortales” que he tenido la maldita idea de poner en su camino.
Aunque yo me encargaba de rendirle honores e imaginar enormes ofrendas para su posible (e increíblemente improbable) regreso, sin saberlo, mi quimera y yo nos acercábamos al final. Desde hace poco tiempo, mi quimera se está enfrentando a una nueva “mortal”. Una que tuvo el valor (o la inconciencia) de querer darse una oportunidad conmigo. La “diosa” no tuvo inconveniente en un inicio, otra posible víctima para su gloria personal… pero esta vez algo fue diferente.
En vez de dedicarme a preparar otra ofrenda o pulir más su imagen que ya estaba de nuevo empezando a desgastarse (en eso era similar a la original que requería de altísimo mantenimiento), me quedé viendo la luz que tiene la recién llegada. La verdad, había olvidado cómo se ven las personas reales y más ella que brilla intensamente. No es perfecta, tiene defectos y aunque está un poco lastimada por la vida tiene deseos de salir airosa al mundo. Es humana, con todo lo que eso representa, y es justo por todo esto por lo que es ya objeto de mi afecto y deseo.
La batalla arrancó desigual. Mi quimera ataca con las tretas más sucias y sin respetar ninguna regla. Aunque es mi propia creación, no está dispuesta a perder a su único devoto. Yo le construí su altar en mi mente y por lo mismo sabe todos los recovecos que ahí hay y todas las armas que hay para defender la fortaleza. Ataca día y noche, como una fiera herida, como dicen que lucharon los titanes cuando los arrancaron del Olimpo. No pide ni ofrece tregua. Mi quimera está aterrada y amenazante, pero supongo herida de muerte. Me ocupé tanto de ponerle oro en su pedestal, que olvidé (y olvidó) que ella misma es de cera. Cera que se está fundiendo, lenta pero continuamente con el fuego del amor que me tiene y le tengo a mi nueva novia. No me había dado cuenta de qué tan frío era el templo que había construido hasta ahora que empiezo a sentir el calor de la recién llegada y quiero aumentar esa llama. Las ofrendas que tantas veces imaginé darle, ahora tienen mejor uso al servir para acrecentar el fuego.
¿Qué cómo está “ella”, “la invasora”? Desconcertada, asustada y teniendo que escuchar frases como la que arranca este mensaje. No entendía de dónde venía el ataque y ahora que lo sabe, no está segura de cómo se maneja esta batalla, quién va ganando y cuál es el precio que ella pagaría si pierde. Tiene momentos de conflicto y no la culpo. Yo en su lugar estaría igual o tal vez ya hubiera abandonado la batalla: “Que se quede con su ídolo y su cínica sonrisa de autosuficiencia”.
La peor situación posible está pasándole a mi quimera. Yo ya me harté de protegerla, de honrarla y de ofrecerle sacrificios. Demasiado tiempo pasé frente a ella, embelezado por su perfección, pero nunca obtuve nada a cambio. Quise hacerla crecer como yo lo iba haciendo. Aventándole flores a un cadáver que hedía, pero que yo no lo notaba al tener tan cerradas las puertas de mi corazón. Como respuesta a mi dedicación solo tenía frío y silencio. No se ha terminado la guerra, pero yo ya sé quién va a salir derrotada.
La parte posiblemente más irónica (y seguramente más patética) de todo este sainete, es que la original, aquella que me sirvió de modelo para crearla, ni enterada está de esto y seguro no le importa. Si ella en algún momento construyó un ídolo conmigo como modelo, supongo lo tiró muy poco tiempo después de nuestro rompimiento; cuando encontró a otro devoto que igualmente ya desechó.
Quiero creer que una vez terminado esto, me quedará clara la lección. No quiero construir una estatua similar. No quiero una nueva quimera. Esta vez quiero vivir sin falsas idolatrías. Quiero amar a alguien que tenga y me ponga los pies en la tierra, a alguien no perfecto, pero si humano, alcanzable, mejorable y sobre todo, que pueda corresponder a mi amor.
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FELICIDADES X TENER EL VALOR DE SACAR TUS FRUSTRACIONES Y EXPRESARLAS ANTE LOS DEMAS.
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