Hoy volví a recibir uno de esos correos. Una muy buena amiga me informa que terminó una relación. Si somos verdaderamente puristas, ni siquiera se puede llamar una relación pues no duró demasiado tiempo y justo la ruptura la provocó la “incompatibilidad de caracteres”. El correo fue increíblemente objetivo y razonado. “Amanecí triste, no deprimida que es diferente, muuuy diferente”.
No había reclamos airados al interfecto, no había mea-culpas exagerados ni la idealización de algo que no fue. Era solo un informe sobre la situación y un recuento de los daños. Una acción equiparable al decir “Auch” y agitar la mano cuando te quemas con la estufa. Esta vez, la pose y el drama de Madama Butterfly se quedaron guardados en el cajón pues no venía al caso el sacarlos.
Mi amiga está molesta, con ella misma. Molesta porque una vez más no hizo caso a la razón y se dejó llevar por un corazón con ganas de latir fuerte. Porque no quiso mantener la cabeza fría y fantaseó un rato. Porque extendió los brazos una vez más y se llevó otro golpe. ¿Cometió una falta grave o siquiera proporcionalmente igual al madrazo?
No lo sé, pero creo que nadie puede juzgar su acción pues todos hemos sido culpables (o víctimas, dependiendo de cómo se quiera ver) de una situación similar. Tengas 12 ó 70 creo que todos los que hemos estado solos (y NADIE sale librado de estar solo al menos un tiempo) tenemos cicatrices por situaciones así.
¿Cuál es la razón por la que aún y cuando ya conocemos el posible desenlace, todavía nos arriesgamos a darle otro llegue al alma y al corazón? Dejemos de lado el razonamiento de que somos masoquistas, pues es demasiado barato salir con esa excusa. Más bien es el afán de querer sentir mariposas en la panza, corazón acelerado y ver ese brillo en nuestros ojos. Y no estoy hablando de querer buscar y encontrar a la pareja de por vida o a la persona a la que queremos tomar de la mano en la vejez. Para eso necesitamos sentir realmente amor y no sólo el enamoramiento inicial que es a lo que me refiero aquí.
¿Será que al comportarnos como pubertos podemos volver a sentir así sea por unos días la misma alegría de vivir que teníamos en ese momento? ¿Buscamos de forma conciente esas descargas de gloria y tragedia? ¿Somos el chiste personal de ese gordito alado llamado Cupido? No lo sé. Lo único que estoy seguro es que luego de un periodo de duelo y de enojo, mi amiga en este momento y yo cuando vuelva a pasar por algo así, veremos un rasgón más en el corazón ya bastante remendado, pero igualmente con más personalidad y atractivo por lo mismo; nos acordaremos de quién fue quien lo causó y pondremos ese nombre en la compleja lista de personas que nos marcaron por un momento. Igual y el recuerdo e incluso el nombre se van a borrar dependiendo del tiempo y la profundidad de la llaga, pero lo que no olvidaremos es que por unos días pudimos sentirnos con alas.
Una vez más estaremos en la tierra, viendo con admiración y hasta envidia a aquellos que vuelan a nuestro alrededor, observando sus evoluciones y preparándonos de una u otra forma (así hayamos jurado que no lo volveremos a intentar) para nuestro siguiente vuelo.
miércoles, 26 de agosto de 2009
UNA REALIDAD OPERÁTICA
“An opera begins long before the curtain goes up and ends long after it has come down. It starts in my imagination, it becomes my life, and it stays part of my life long after I’ve left the opera house”
Maria Callas
El sábado volví a darme una dosis de sufrimiento artístico auto-inflingido (y para colmo, pagando por ello). La verdad, es que no era cualquier cosa, era una producción de la Ópera del Met en el Auditorio. Aún y cuando fue a través de una pantalla y ni siquiera una transmisión en vivo, la mayor parte de los asistentes sabían las bases de la trama y cualquier persona con un ínfimo de educación musical sabía el final, eso no evitó que una enorme mayoría, protegidos por la oscuridad de la sala, dejáramos correr libres las lágrimas en el final. Mimí se moría y por más que Rodolfo gritara su nombre, no podía(mos) hacer nada por revivirla.
No puedo considerarme un fanático de la ópera y mucho menos un conocedor. Apenas he visto tres o cuatro funciones por mi propia iniciativa y ninguna en vivo. Pero en cada ocasión, un increíble hechizo surte efecto. La música empieza, el telón se levanta y puedo ver un pedazo de historia, tan real o ficticio como la vida misma, sólo que reflejado en un espejo que lo magnifica todo.
Es sobrecogedor ver, escuchar y sentir con tanta fuerza cómo se puede caer en la locura como Lucia, presenciar y querer sentir un amor tan profundo como el de Butterfly o vivir y morir por un momento con la intensidad de los personajes de La Boheme.
Sé que es imposible el vivir con esa pasión tan desmesurada toda la vida. De hecho, no creo que nadie pudiera soportarlo. Por eso creo que a lo que nos exponemos en ese momento es a ver una lupa que magnifica un momento ficticio pero que al mismo tiempo refleja la realidad. Una realidad que no sólo es la que viven los personajes, sino también la realidad y la época en que estaba el autor y aún más, la realidad de la persona que ve este espectáculo ahora. Una verdadera máquina del tiempo que logra amalgamar las emociones de tres momentos y situaciones distintas en un solo crisol.
No sé si pudiera (o incluso quisiera) vivir algo tan intenso, pero en ese momento, sentado en mi butaca, con la garganta cerrada y lágrima corriendo, solo quiero sentir así sea por un momento tanta fuerza. Quisiera que mi realidad se funda con la que veo y escucho. Quiero enamorarme a primera vista como Rodolfo o confiar en el amor a pesar del tiempo y la distancia como Cio-Cio-San. Quiero sentir la fuerza y el calor en la sangre que seguro sintió el compositor al hilar en su mente un intenso cierre de acto.
¿Estoy dispuesto a dejarme arrastrar por la pasión siguiendo a una Carmen moderna o arriesgándome por una gélida Turandot ejecutiva? Puede ser. O igual es posible que pasado el efecto, prefiera vivir sin tanta producción y artificios. Es mucho más sencillo dialogar en forma serena que a base de arias heroicas contestadas por reclamos en coloratura (quienes me han oído cantar, igualmente agradecerán que mejor eso lo deje a los profesionales).
Por el momento, tengo ya listos los boletos para varias dosis más. Ir a la ópera suena a una actividad increíblemente anacrónica y pretensiosa, sólo apta para viejitos aburridos o engreídos snobs, pero… te invito a que le des una oportunidad. En esta realidad, tan llena de prisa, racionalidad y cinismo, el regalarte unas horas para ver, escuchar, sentir y vivir en ese espejo, puede semejarse a descubrir un antiguo platillo gourmet: complejo de preparar, tal vez demasiado especiado y bastante diferente a lo que tu paladar está acostumbrado, pero que se abre como un cofre antiguo y mágico para ofrecer una experiencia de comunión, sin límites de tiempo o espacio, con lo más básico y a la vez elevado del ser humano: sus emociones.
Maria Callas
El sábado volví a darme una dosis de sufrimiento artístico auto-inflingido (y para colmo, pagando por ello). La verdad, es que no era cualquier cosa, era una producción de la Ópera del Met en el Auditorio. Aún y cuando fue a través de una pantalla y ni siquiera una transmisión en vivo, la mayor parte de los asistentes sabían las bases de la trama y cualquier persona con un ínfimo de educación musical sabía el final, eso no evitó que una enorme mayoría, protegidos por la oscuridad de la sala, dejáramos correr libres las lágrimas en el final. Mimí se moría y por más que Rodolfo gritara su nombre, no podía(mos) hacer nada por revivirla.
No puedo considerarme un fanático de la ópera y mucho menos un conocedor. Apenas he visto tres o cuatro funciones por mi propia iniciativa y ninguna en vivo. Pero en cada ocasión, un increíble hechizo surte efecto. La música empieza, el telón se levanta y puedo ver un pedazo de historia, tan real o ficticio como la vida misma, sólo que reflejado en un espejo que lo magnifica todo.
Es sobrecogedor ver, escuchar y sentir con tanta fuerza cómo se puede caer en la locura como Lucia, presenciar y querer sentir un amor tan profundo como el de Butterfly o vivir y morir por un momento con la intensidad de los personajes de La Boheme.
Sé que es imposible el vivir con esa pasión tan desmesurada toda la vida. De hecho, no creo que nadie pudiera soportarlo. Por eso creo que a lo que nos exponemos en ese momento es a ver una lupa que magnifica un momento ficticio pero que al mismo tiempo refleja la realidad. Una realidad que no sólo es la que viven los personajes, sino también la realidad y la época en que estaba el autor y aún más, la realidad de la persona que ve este espectáculo ahora. Una verdadera máquina del tiempo que logra amalgamar las emociones de tres momentos y situaciones distintas en un solo crisol.
No sé si pudiera (o incluso quisiera) vivir algo tan intenso, pero en ese momento, sentado en mi butaca, con la garganta cerrada y lágrima corriendo, solo quiero sentir así sea por un momento tanta fuerza. Quisiera que mi realidad se funda con la que veo y escucho. Quiero enamorarme a primera vista como Rodolfo o confiar en el amor a pesar del tiempo y la distancia como Cio-Cio-San. Quiero sentir la fuerza y el calor en la sangre que seguro sintió el compositor al hilar en su mente un intenso cierre de acto.
¿Estoy dispuesto a dejarme arrastrar por la pasión siguiendo a una Carmen moderna o arriesgándome por una gélida Turandot ejecutiva? Puede ser. O igual es posible que pasado el efecto, prefiera vivir sin tanta producción y artificios. Es mucho más sencillo dialogar en forma serena que a base de arias heroicas contestadas por reclamos en coloratura (quienes me han oído cantar, igualmente agradecerán que mejor eso lo deje a los profesionales).
Por el momento, tengo ya listos los boletos para varias dosis más. Ir a la ópera suena a una actividad increíblemente anacrónica y pretensiosa, sólo apta para viejitos aburridos o engreídos snobs, pero… te invito a que le des una oportunidad. En esta realidad, tan llena de prisa, racionalidad y cinismo, el regalarte unas horas para ver, escuchar, sentir y vivir en ese espejo, puede semejarse a descubrir un antiguo platillo gourmet: complejo de preparar, tal vez demasiado especiado y bastante diferente a lo que tu paladar está acostumbrado, pero que se abre como un cofre antiguo y mágico para ofrecer una experiencia de comunión, sin límites de tiempo o espacio, con lo más básico y a la vez elevado del ser humano: sus emociones.
UN DOMINGO (NO TAN) CUALQUIERA.
- “DÉJAME VIVIR!”
Un grito me despertó de zopetón. Eran apenas las 7 de la mañana de un domingo cualquiera y alguien estaba gritando en el patio del edificio. No me desperté inmediatamente, sino que cerré más los ojos e intenté regresar a donde fuera que hubiera dejado mi sueño dos segundos antes.
- “BRIGITTE!..... Maldito!, por qué no nos dejas en paz?”
Maldita sea. Un idiota despechado que le viene a gritar a la ex-novia…
- “Por tu culpa a México se lo está cargando la chingada! Pudimos ser los amos del mundo, pero tú y tus amigos nos tienen jodidos!”
En la madre! Para colmo es un peje-zombie… Con ganas de hacerle como en los anuncios de las galletas Emperador. “Guardias! Llévense al gritón!” Mmmmhhh, y por qué demonios los de seguridad del edificio no han hecho nada?
- “Aquí están los planos del auto que funciona con agua, me los intentaste quitar, pero no pudiste. Eso y mi libertad no me lo puedes quitar”
OK, la curiosidad es superior a la flojera, levántate, abre la cortina y ve quién está dando tan singular espectáculo.
Dicho y hecho. Sorpresa al ver que el gritón era uno de mis vecinos. Desde mi ventana se veía que ya se había entretenido un buen rato destrozando su departamento y ahora gritaba a voz en cuello. Vestía únicamente calzones y una chamarra de esquiador y agitaba papeles en sus manos. La mirada no era perdida sino frenética y el tono de voz era firme y entonado a pesar de las incoherencias que decía.
El tipo siguió gritando frases a la cual más estrambótica durante probablemente una hora. Sus gritos eran acompañados de vez en cuando con un “Ya cállate!” de algún otro vecino que se quitaba las lagañas desde otra ventana. Alguien llamó a los bomberos. Nuestro personaje recibió a uno de ellos, que fungía como negociador, aventando una silla de comedor al jardín y haciendo sonar una campana con la que rompió su propia ventana pues, en sus palabras, intentaba hacer un llamamiento a la libertad y a que México despertara por intercesión de la Virgen de Guadalupe. El bombero resultó ser un distractor. En lo que hablaba con el loco furioso, sus compañeros tumbaron la puerta y lo agarraron ya cuando tenía más de la mitad del cuerpo fuera de la ventana. Desde mi lugar sólo se vio cómo lo tumbaron al piso. Se escucharon aplausos de algún vecino y todos intentamos regresar a dormir. La vida volvió al a normalidad en el edificio.
¿Quién era? ¿Qué fue de él? ¿Por qué se puso así? No lo sé y es poco probable que lo sepa. Ya han pasado más de tres semanas y la ventana rota sigue igual y el departamento permanece vacío. Dos mensajes de la administración del departamento pegados en el elevador me da una pequeña pista de lo que pudo ser la conclusión.
- Debido a los recientes acontecimientos, se les pide atentamente a los condóminos nos proporcionen los datos y teléfonos de algún familiar cercano y de su médico.
- Se hará una misa de difuntos el día X a las X:XX horas en las instalaciones.
Dos amigos y vecinos ni siquiera se enteraron del incidente y se mostraron incrédulos cuando les conté lo ocurrido. Miradas de asombro siguieron cuando les mostré la ventana rota tanto tiempo después.
Vivimos juntos pero increíblemente solos.
No lo he cumplido, pero pretendo aumentar mi comunicación con mi familia y amigos. Prefiero que en cada ocasión sea para comunicar un evento alegre, un nuevo proyecto, tal vez escuchar o pedir ser oído en un contratiempo o sólo el saber cómo va nuestra cotidianeidad, pero no quiero correr el riesgo de un día encontrarme en un momento de tal soledad y desesperación que me lleve a ser el futuro tema de un blog de un extraño.
Quien quiera que haya sido, vecino, descansa en paz.
Un grito me despertó de zopetón. Eran apenas las 7 de la mañana de un domingo cualquiera y alguien estaba gritando en el patio del edificio. No me desperté inmediatamente, sino que cerré más los ojos e intenté regresar a donde fuera que hubiera dejado mi sueño dos segundos antes.
- “BRIGITTE!..... Maldito!, por qué no nos dejas en paz?”
Maldita sea. Un idiota despechado que le viene a gritar a la ex-novia…
- “Por tu culpa a México se lo está cargando la chingada! Pudimos ser los amos del mundo, pero tú y tus amigos nos tienen jodidos!”
En la madre! Para colmo es un peje-zombie… Con ganas de hacerle como en los anuncios de las galletas Emperador. “Guardias! Llévense al gritón!” Mmmmhhh, y por qué demonios los de seguridad del edificio no han hecho nada?
- “Aquí están los planos del auto que funciona con agua, me los intentaste quitar, pero no pudiste. Eso y mi libertad no me lo puedes quitar”
OK, la curiosidad es superior a la flojera, levántate, abre la cortina y ve quién está dando tan singular espectáculo.
Dicho y hecho. Sorpresa al ver que el gritón era uno de mis vecinos. Desde mi ventana se veía que ya se había entretenido un buen rato destrozando su departamento y ahora gritaba a voz en cuello. Vestía únicamente calzones y una chamarra de esquiador y agitaba papeles en sus manos. La mirada no era perdida sino frenética y el tono de voz era firme y entonado a pesar de las incoherencias que decía.
El tipo siguió gritando frases a la cual más estrambótica durante probablemente una hora. Sus gritos eran acompañados de vez en cuando con un “Ya cállate!” de algún otro vecino que se quitaba las lagañas desde otra ventana. Alguien llamó a los bomberos. Nuestro personaje recibió a uno de ellos, que fungía como negociador, aventando una silla de comedor al jardín y haciendo sonar una campana con la que rompió su propia ventana pues, en sus palabras, intentaba hacer un llamamiento a la libertad y a que México despertara por intercesión de la Virgen de Guadalupe. El bombero resultó ser un distractor. En lo que hablaba con el loco furioso, sus compañeros tumbaron la puerta y lo agarraron ya cuando tenía más de la mitad del cuerpo fuera de la ventana. Desde mi lugar sólo se vio cómo lo tumbaron al piso. Se escucharon aplausos de algún vecino y todos intentamos regresar a dormir. La vida volvió al a normalidad en el edificio.
¿Quién era? ¿Qué fue de él? ¿Por qué se puso así? No lo sé y es poco probable que lo sepa. Ya han pasado más de tres semanas y la ventana rota sigue igual y el departamento permanece vacío. Dos mensajes de la administración del departamento pegados en el elevador me da una pequeña pista de lo que pudo ser la conclusión.
- Debido a los recientes acontecimientos, se les pide atentamente a los condóminos nos proporcionen los datos y teléfonos de algún familiar cercano y de su médico.
- Se hará una misa de difuntos el día X a las X:XX horas en las instalaciones.
Dos amigos y vecinos ni siquiera se enteraron del incidente y se mostraron incrédulos cuando les conté lo ocurrido. Miradas de asombro siguieron cuando les mostré la ventana rota tanto tiempo después.
Vivimos juntos pero increíblemente solos.
No lo he cumplido, pero pretendo aumentar mi comunicación con mi familia y amigos. Prefiero que en cada ocasión sea para comunicar un evento alegre, un nuevo proyecto, tal vez escuchar o pedir ser oído en un contratiempo o sólo el saber cómo va nuestra cotidianeidad, pero no quiero correr el riesgo de un día encontrarme en un momento de tal soledad y desesperación que me lleve a ser el futuro tema de un blog de un extraño.
Quien quiera que haya sido, vecino, descansa en paz.
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