miércoles, 26 de agosto de 2009

UNA REALIDAD OPERÁTICA

“An opera begins long before the curtain goes up and ends long after it has come down. It starts in my imagination, it becomes my life, and it stays part of my life long after I’ve left the opera house”
Maria Callas

El sábado volví a darme una dosis de sufrimiento artístico auto-inflingido (y para colmo, pagando por ello). La verdad, es que no era cualquier cosa, era una producción de la Ópera del Met en el Auditorio. Aún y cuando fue a través de una pantalla y ni siquiera una transmisión en vivo, la mayor parte de los asistentes sabían las bases de la trama y cualquier persona con un ínfimo de educación musical sabía el final, eso no evitó que una enorme mayoría, protegidos por la oscuridad de la sala, dejáramos correr libres las lágrimas en el final. Mimí se moría y por más que Rodolfo gritara su nombre, no podía(mos) hacer nada por revivirla.

No puedo considerarme un fanático de la ópera y mucho menos un conocedor. Apenas he visto tres o cuatro funciones por mi propia iniciativa y ninguna en vivo. Pero en cada ocasión, un increíble hechizo surte efecto. La música empieza, el telón se levanta y puedo ver un pedazo de historia, tan real o ficticio como la vida misma, sólo que reflejado en un espejo que lo magnifica todo.

Es sobrecogedor ver, escuchar y sentir con tanta fuerza cómo se puede caer en la locura como Lucia, presenciar y querer sentir un amor tan profundo como el de Butterfly o vivir y morir por un momento con la intensidad de los personajes de La Boheme.

Sé que es imposible el vivir con esa pasión tan desmesurada toda la vida. De hecho, no creo que nadie pudiera soportarlo. Por eso creo que a lo que nos exponemos en ese momento es a ver una lupa que magnifica un momento ficticio pero que al mismo tiempo refleja la realidad. Una realidad que no sólo es la que viven los personajes, sino también la realidad y la época en que estaba el autor y aún más, la realidad de la persona que ve este espectáculo ahora. Una verdadera máquina del tiempo que logra amalgamar las emociones de tres momentos y situaciones distintas en un solo crisol.

No sé si pudiera (o incluso quisiera) vivir algo tan intenso, pero en ese momento, sentado en mi butaca, con la garganta cerrada y lágrima corriendo, solo quiero sentir así sea por un momento tanta fuerza. Quisiera que mi realidad se funda con la que veo y escucho. Quiero enamorarme a primera vista como Rodolfo o confiar en el amor a pesar del tiempo y la distancia como Cio-Cio-San. Quiero sentir la fuerza y el calor en la sangre que seguro sintió el compositor al hilar en su mente un intenso cierre de acto.

¿Estoy dispuesto a dejarme arrastrar por la pasión siguiendo a una Carmen moderna o arriesgándome por una gélida Turandot ejecutiva? Puede ser. O igual es posible que pasado el efecto, prefiera vivir sin tanta producción y artificios. Es mucho más sencillo dialogar en forma serena que a base de arias heroicas contestadas por reclamos en coloratura (quienes me han oído cantar, igualmente agradecerán que mejor eso lo deje a los profesionales).

Por el momento, tengo ya listos los boletos para varias dosis más. Ir a la ópera suena a una actividad increíblemente anacrónica y pretensiosa, sólo apta para viejitos aburridos o engreídos snobs, pero… te invito a que le des una oportunidad. En esta realidad, tan llena de prisa, racionalidad y cinismo, el regalarte unas horas para ver, escuchar, sentir y vivir en ese espejo, puede semejarse a descubrir un antiguo platillo gourmet: complejo de preparar, tal vez demasiado especiado y bastante diferente a lo que tu paladar está acostumbrado, pero que se abre como un cofre antiguo y mágico para ofrecer una experiencia de comunión, sin límites de tiempo o espacio, con lo más básico y a la vez elevado del ser humano: sus emociones.

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