“Me da miedo el estar peleando contra el fantasma de tu ex”. Lo escuché como la expresión de un hecho, no de una suposición. No me lo dijo en tono de reclamo o siquiera de dolor o impotencia, pero el oir esto de mi novia me dejó pensando demasiado tiempo.
¿Cuánto es suficiente, cuánto es mucho o poco al hablar de tus vivencias anteriores con tu pareja actual? Vamos, no nací ayer y lo que pasó antes, bueno o malo, es lo que me tiene aquí, como soy y donde estoy ahora.
Decir nada y jurar(me) que no hay historias o vivencias, es correr el riesgo de que ella no sepa el porqué reacciono de X o Y manera, pero el decir de más parece que no solo da información, sino que también sirve como ritual para levantar fantasmas. No son actuales, y tampoco son todos buenos o malos, son solo recuerdos de eventos y sentimientos pero que regresan y dejan un sabor agridulce en la boca y el alma.
Recuerdo y hablo acerca de las últimas peleas, de los dramas interminables, de las muchas faltas de respeto mutuas; pero al hacerlo ahora a la distancia y tratando de encontrar algo constructivo para no repetirlas, también aparece como trasfondo el enorme cariño y amor que había. Ese que permitió que aunque tantas cosas malas pasaran yo estuviera un buen rato intentando rescatar y curar esa relación.
Ambos venimos de relaciones intensas y definitorias en nuestras vidas y no podemos (ni queremos) olvidarlas como si nunca hubieran sucedido. Pero una cosa es no olvidar, y otra cosa es que una relación de pareja se vuelva de tres o de cuatro al agregar los fantasmas. Tengo apenas un mes con mi novia. Tiempo suficiente para hablar de muchos temas, de conocerla mejor e intercambiar opiniones y experiencias, pero no el necesario para crear todo un nuevo marco referencial de actitudes y respuestas. Es ahí donde tenemos el baúl de recuerdos y situaciones anteriores para echar mano. Son ejemplos claros, de primerísima mano y que parecerían útiles para dejar(nos) un punto claro, pero que amenazan con desenterrar algo más que recuerdos.
Mi corazón y mi alma salieron hechas jirones de mi anterior relación. Ha pasado el tiempo suficiente para reconstruirme, para que las heridas (incluso las más grandes) ya pudieran cerrar y por eso estoy ya listo para entrar a una nueva relación en la que me encuentro saludable, estable y feliz, pero… aunque las heridas ya no duelen, dejaron una cicatriz bastante evidente. Tal y como las cicatrices de la piel, aunque ya no duelen, se ven, uno mismo las siente y la otra persona también las percibe diferentes cuando por algún motivo las toca.
¿Existen los fantasmas de relaciones pasadas? ¿Seré tan buen contador de historias que puedo revivir sentimientos muertos, podridos y enterrados tanto tiempo atrás en formas “evidentes”? Tal vez si. No tengo claro el por qué sucedió, pero en un momento, mi novia me contó de una fea pesadilla reciente en la que tenía enfrente a “una ex mía” (sin que conozca a ninguna) que se notaba molesta y le decía cosas horribles de ella, de mí y de nuestra nueva relación. De igual manera, yo no puedo decir que su ex se me ha presentado, pero si he sentido la imperiosa necesidad de rechazar ciertos recuerdos o situaciones que sé le pueden traer a ella esos recuerdos de regreso. En algunos momentos, quiero enfrentarme al fantasma y sé que lo puedo vencer, pero en otros preferiría que no se presentara, pues no estoy seguro del resultado de la batalla.
¿Son fuertes estos fantasmas? Tanto como ambos lo permitamos, al alimentar en forma conciente o inconciente al propio y al no equilibrarnos en la luchar contra el ajeno.
Los ghost-busters existen. No están armados con una pistola de ecto-plasma ni persiguen entes verdes, sino más bien, se buscan armar de mucho amor y paciencia, con la intención de luchar por una relación real y actual que vale la pena. Con el afán de crear una nueva historia, nuevos recuerdos que sirvan de herramienta para desterrar o exorcizar a esos fantasmas de nuestras relaciones pasadas.
martes, 8 de diciembre de 2009
ME ENAMORÉ DE UNA QUIMERA.
“A quien lloro y por quien guardé tanto luto no es una persona, sino una imagen de alguien que no existe”. Esta es una declaración muy fuerte, pero no por eso menos real.
¿Cómo luchar contra un ideal? ¿Cómo enfrentar y romper un hechizo de amor que yo mismo creé y que alimenté por tanto tiempo?
Ella ya no está aquí, ella ya siguió adelante. De hecho, ella tal vez nunca existió. Me aferré a un recuerdo, ya muy desdibujado y alterado, pero al que yo quise ponerle su cara. Me enamoré, guardé luto y juré fidelidad a una imagen idealizada de una persona que no existe. Mi ex no era perfecta, de hecho distaba muchísimo de serlo, pero a cada uno de sus múltiples y muy irritantes defectos yo quise agregarles un toque de grandeza. No era insegura… me permitía que le demostrara lo increíble que ella era. Nunca caprichosa, solo tuvo un mal momento corregible con la edad y la madurez. Su temperamento era apasionado y arrebatado, no explosivo y cínico. Tomó tiempo y esfuerzo el idealizarla estando ella presente, pero fue sencillo el volverla perfecta para mí una vez ausente.
Ese ideal me acompañó por mucho tiempo, siempre como el estándar áureo al que debía yo aspirar en una relación. Cuando dudaba o flaqueaban mis fuerzas, cuando empezaba a tambalearse el pedestal en el que la puse, sólo tenía que agregarle un poco más de brillo a la imagen. Ella era la imagen de una relación ideal; la hice tan luminosa, que dejó de verse, la imaginé tan perfecta que se volvió grotesca. Una verdadera quimera. Si a estas alturas hiciera una comparación contra aquella persona que yo tomé como base para crear a mi ídolo, la original sería una simple e infeliz mortal frente a una diosa inalcanzable. Si hoy pudiera ponerlas frente a frente, a mi imagen idealizada y a la persona real, estoy seguro que ambas (la ideal y la real) verían con pasmo y horror el presunto espejo en el que yo quería verlas reflejadas.
El objeto de mi culto personal duró mucho tiempo. Mi ideal no es una persona, es un monstruo que se alimenta de mis miedos, de mi soledad y de las estúpidas comparaciones que he hecho entre ella y las “mortales” que he tenido la maldita idea de poner en su camino.
Aunque yo me encargaba de rendirle honores e imaginar enormes ofrendas para su posible (e increíblemente improbable) regreso, sin saberlo, mi quimera y yo nos acercábamos al final. Desde hace poco tiempo, mi quimera se está enfrentando a una nueva “mortal”. Una que tuvo el valor (o la inconciencia) de querer darse una oportunidad conmigo. La “diosa” no tuvo inconveniente en un inicio, otra posible víctima para su gloria personal… pero esta vez algo fue diferente.
En vez de dedicarme a preparar otra ofrenda o pulir más su imagen que ya estaba de nuevo empezando a desgastarse (en eso era similar a la original que requería de altísimo mantenimiento), me quedé viendo la luz que tiene la recién llegada. La verdad, había olvidado cómo se ven las personas reales y más ella que brilla intensamente. No es perfecta, tiene defectos y aunque está un poco lastimada por la vida tiene deseos de salir airosa al mundo. Es humana, con todo lo que eso representa, y es justo por todo esto por lo que es ya objeto de mi afecto y deseo.
La batalla arrancó desigual. Mi quimera ataca con las tretas más sucias y sin respetar ninguna regla. Aunque es mi propia creación, no está dispuesta a perder a su único devoto. Yo le construí su altar en mi mente y por lo mismo sabe todos los recovecos que ahí hay y todas las armas que hay para defender la fortaleza. Ataca día y noche, como una fiera herida, como dicen que lucharon los titanes cuando los arrancaron del Olimpo. No pide ni ofrece tregua. Mi quimera está aterrada y amenazante, pero supongo herida de muerte. Me ocupé tanto de ponerle oro en su pedestal, que olvidé (y olvidó) que ella misma es de cera. Cera que se está fundiendo, lenta pero continuamente con el fuego del amor que me tiene y le tengo a mi nueva novia. No me había dado cuenta de qué tan frío era el templo que había construido hasta ahora que empiezo a sentir el calor de la recién llegada y quiero aumentar esa llama. Las ofrendas que tantas veces imaginé darle, ahora tienen mejor uso al servir para acrecentar el fuego.
¿Qué cómo está “ella”, “la invasora”? Desconcertada, asustada y teniendo que escuchar frases como la que arranca este mensaje. No entendía de dónde venía el ataque y ahora que lo sabe, no está segura de cómo se maneja esta batalla, quién va ganando y cuál es el precio que ella pagaría si pierde. Tiene momentos de conflicto y no la culpo. Yo en su lugar estaría igual o tal vez ya hubiera abandonado la batalla: “Que se quede con su ídolo y su cínica sonrisa de autosuficiencia”.
La peor situación posible está pasándole a mi quimera. Yo ya me harté de protegerla, de honrarla y de ofrecerle sacrificios. Demasiado tiempo pasé frente a ella, embelezado por su perfección, pero nunca obtuve nada a cambio. Quise hacerla crecer como yo lo iba haciendo. Aventándole flores a un cadáver que hedía, pero que yo no lo notaba al tener tan cerradas las puertas de mi corazón. Como respuesta a mi dedicación solo tenía frío y silencio. No se ha terminado la guerra, pero yo ya sé quién va a salir derrotada.
La parte posiblemente más irónica (y seguramente más patética) de todo este sainete, es que la original, aquella que me sirvió de modelo para crearla, ni enterada está de esto y seguro no le importa. Si ella en algún momento construyó un ídolo conmigo como modelo, supongo lo tiró muy poco tiempo después de nuestro rompimiento; cuando encontró a otro devoto que igualmente ya desechó.
Quiero creer que una vez terminado esto, me quedará clara la lección. No quiero construir una estatua similar. No quiero una nueva quimera. Esta vez quiero vivir sin falsas idolatrías. Quiero amar a alguien que tenga y me ponga los pies en la tierra, a alguien no perfecto, pero si humano, alcanzable, mejorable y sobre todo, que pueda corresponder a mi amor.
¿Cómo luchar contra un ideal? ¿Cómo enfrentar y romper un hechizo de amor que yo mismo creé y que alimenté por tanto tiempo?
Ella ya no está aquí, ella ya siguió adelante. De hecho, ella tal vez nunca existió. Me aferré a un recuerdo, ya muy desdibujado y alterado, pero al que yo quise ponerle su cara. Me enamoré, guardé luto y juré fidelidad a una imagen idealizada de una persona que no existe. Mi ex no era perfecta, de hecho distaba muchísimo de serlo, pero a cada uno de sus múltiples y muy irritantes defectos yo quise agregarles un toque de grandeza. No era insegura… me permitía que le demostrara lo increíble que ella era. Nunca caprichosa, solo tuvo un mal momento corregible con la edad y la madurez. Su temperamento era apasionado y arrebatado, no explosivo y cínico. Tomó tiempo y esfuerzo el idealizarla estando ella presente, pero fue sencillo el volverla perfecta para mí una vez ausente.
Ese ideal me acompañó por mucho tiempo, siempre como el estándar áureo al que debía yo aspirar en una relación. Cuando dudaba o flaqueaban mis fuerzas, cuando empezaba a tambalearse el pedestal en el que la puse, sólo tenía que agregarle un poco más de brillo a la imagen. Ella era la imagen de una relación ideal; la hice tan luminosa, que dejó de verse, la imaginé tan perfecta que se volvió grotesca. Una verdadera quimera. Si a estas alturas hiciera una comparación contra aquella persona que yo tomé como base para crear a mi ídolo, la original sería una simple e infeliz mortal frente a una diosa inalcanzable. Si hoy pudiera ponerlas frente a frente, a mi imagen idealizada y a la persona real, estoy seguro que ambas (la ideal y la real) verían con pasmo y horror el presunto espejo en el que yo quería verlas reflejadas.
El objeto de mi culto personal duró mucho tiempo. Mi ideal no es una persona, es un monstruo que se alimenta de mis miedos, de mi soledad y de las estúpidas comparaciones que he hecho entre ella y las “mortales” que he tenido la maldita idea de poner en su camino.
Aunque yo me encargaba de rendirle honores e imaginar enormes ofrendas para su posible (e increíblemente improbable) regreso, sin saberlo, mi quimera y yo nos acercábamos al final. Desde hace poco tiempo, mi quimera se está enfrentando a una nueva “mortal”. Una que tuvo el valor (o la inconciencia) de querer darse una oportunidad conmigo. La “diosa” no tuvo inconveniente en un inicio, otra posible víctima para su gloria personal… pero esta vez algo fue diferente.
En vez de dedicarme a preparar otra ofrenda o pulir más su imagen que ya estaba de nuevo empezando a desgastarse (en eso era similar a la original que requería de altísimo mantenimiento), me quedé viendo la luz que tiene la recién llegada. La verdad, había olvidado cómo se ven las personas reales y más ella que brilla intensamente. No es perfecta, tiene defectos y aunque está un poco lastimada por la vida tiene deseos de salir airosa al mundo. Es humana, con todo lo que eso representa, y es justo por todo esto por lo que es ya objeto de mi afecto y deseo.
La batalla arrancó desigual. Mi quimera ataca con las tretas más sucias y sin respetar ninguna regla. Aunque es mi propia creación, no está dispuesta a perder a su único devoto. Yo le construí su altar en mi mente y por lo mismo sabe todos los recovecos que ahí hay y todas las armas que hay para defender la fortaleza. Ataca día y noche, como una fiera herida, como dicen que lucharon los titanes cuando los arrancaron del Olimpo. No pide ni ofrece tregua. Mi quimera está aterrada y amenazante, pero supongo herida de muerte. Me ocupé tanto de ponerle oro en su pedestal, que olvidé (y olvidó) que ella misma es de cera. Cera que se está fundiendo, lenta pero continuamente con el fuego del amor que me tiene y le tengo a mi nueva novia. No me había dado cuenta de qué tan frío era el templo que había construido hasta ahora que empiezo a sentir el calor de la recién llegada y quiero aumentar esa llama. Las ofrendas que tantas veces imaginé darle, ahora tienen mejor uso al servir para acrecentar el fuego.
¿Qué cómo está “ella”, “la invasora”? Desconcertada, asustada y teniendo que escuchar frases como la que arranca este mensaje. No entendía de dónde venía el ataque y ahora que lo sabe, no está segura de cómo se maneja esta batalla, quién va ganando y cuál es el precio que ella pagaría si pierde. Tiene momentos de conflicto y no la culpo. Yo en su lugar estaría igual o tal vez ya hubiera abandonado la batalla: “Que se quede con su ídolo y su cínica sonrisa de autosuficiencia”.
La peor situación posible está pasándole a mi quimera. Yo ya me harté de protegerla, de honrarla y de ofrecerle sacrificios. Demasiado tiempo pasé frente a ella, embelezado por su perfección, pero nunca obtuve nada a cambio. Quise hacerla crecer como yo lo iba haciendo. Aventándole flores a un cadáver que hedía, pero que yo no lo notaba al tener tan cerradas las puertas de mi corazón. Como respuesta a mi dedicación solo tenía frío y silencio. No se ha terminado la guerra, pero yo ya sé quién va a salir derrotada.
La parte posiblemente más irónica (y seguramente más patética) de todo este sainete, es que la original, aquella que me sirvió de modelo para crearla, ni enterada está de esto y seguro no le importa. Si ella en algún momento construyó un ídolo conmigo como modelo, supongo lo tiró muy poco tiempo después de nuestro rompimiento; cuando encontró a otro devoto que igualmente ya desechó.
Quiero creer que una vez terminado esto, me quedará clara la lección. No quiero construir una estatua similar. No quiero una nueva quimera. Esta vez quiero vivir sin falsas idolatrías. Quiero amar a alguien que tenga y me ponga los pies en la tierra, a alguien no perfecto, pero si humano, alcanzable, mejorable y sobre todo, que pueda corresponder a mi amor.
SINDROME DE ABSTINENCIA.
Todo comienza tranquilo. Un día normal, igual a todos los anteriores. Sin ninguna señal de la angustia que está por comenzar. Salgo con prisa de casa y por la misma premura olvido esa cosa que debería haber entrado en la bolsa del pantalón. La salida de casa y los primeros minutos transcurren sin incidentes. Todo camina como un día normal hasta detectar la falta.
OLVIDÉ MI CELULAR!!!!!!
Desde ese momento, el día no vuelve a ser igual. Me doy cuenta que estoy desconectado del mundo, que estoy en una dimensión alterna en la que no hay la posibilidad de comunicarme y/o de ser contactado en todo momento. La peor parte es que esta vez no fue una decisión sino un maldito olvido. No estoy mentalmente preparado para el síndrome de abstinencia. Miro con envidia a quienes usan su teléfono. Imagino que tendré 1,748 llamadas perdidas al llegar a casa y que seguramente me perdí de información crítica y de oportunidades de una sola vez en la vida. Sufro sólo de pensar en que tendré la necesidad de contactar a alguien y que no sé de memoria ningún teléfono. La tarde y el camino de regreso a casa con demasiado largos hasta volver a tener el aparatito en las manos y confirmar que no hubo ninguna llamada de vida o muerte y que no hay mensajes que no sean de Telcel ofreciéndome una promoción.
No hace mucho tiempo, la necesidad de estar disponibles todo el tiempo sólo se entendía para un médico. Vamos, hace apenas 20 años cualquier persona que tuviera un teléfono móvil era visto como un tipo escapado de “Los Supersónicos”. Si no estabas en tu casa u oficina, confiabas en que una contestadora u otra persona tomaría el mensaje de una llamada para ti y el mundo seguiría su curso y podrías contestar luego. Ahora, el celular es parte de la indumentaria básica de casi cualquier chilango con edad por encima de kinder que se respete y la necesidad de saberse disponible y conectado en todo momento es casi considerado como derecho fundamental.
¿Alguien no se siente solidario al escuchar las elegías que se le cantan a un celular descompuesto o siente total comprensión y conmiseración por aquél al que junto con el robo del celular también le robaron toda su lista de contactos y vida social? ¿Alguien recuerda la histeria que se genera cuando por alguna situación se caen las comunicaciones y áreas enteras de la ciudad quedan “fuera del área de servicio”?
El síndrome de abstinencia al Internet y el correo es un poco más manejable, pero igualmente cruel. En plenas vacaciones tienes que hacer un esfuerzo conciente (o ir a un lugar verdaderamente apartado e incivilizado) para poder pasar más de un día sin la necesidad de consultar el correo. Que yo sepa, nadie ha muerto por no haber leído la última cadenita de chistes u oraciones…. pero… y si hay algo importante?
Con la entrada a una red social el shot que necesitamos se vuelve todavía más fuerte y en ocasiones ridículo. TENGO que saber cuál será mi fortuna del día al abrir mi galleta de la suerte, me es URGENTE saber si Fulanito (a quien hace tres años no veo físicamente y quien vive en el otro hemisferio del planeta) sigue con el dolor de muelas que dijo lo tuvo insomne ayer. ¿Alguien ya habrá comentado algo sobre la última foto que subí? Un gran amigo perdido (hace 15 años) pudo haberme mandado un request y yo no se lo voy a contestar! Y creo que esta semana es cumpleaños de Sutanita… tal vez no llame en su cumpleaños a mi propia familia cercana, pero si a ella no le mando aunque sea un guiño igual y se va a sentir conmigo!
¿Qué voy a hacer en un día en el que no tengo celular y la red está caída?!?!?!
Tal vez escribir sobre lo ridículo que suena el tener este síndrome de abstinencia, pero sabiendo que no soy el único que lo sufre.
OLVIDÉ MI CELULAR!!!!!!
Desde ese momento, el día no vuelve a ser igual. Me doy cuenta que estoy desconectado del mundo, que estoy en una dimensión alterna en la que no hay la posibilidad de comunicarme y/o de ser contactado en todo momento. La peor parte es que esta vez no fue una decisión sino un maldito olvido. No estoy mentalmente preparado para el síndrome de abstinencia. Miro con envidia a quienes usan su teléfono. Imagino que tendré 1,748 llamadas perdidas al llegar a casa y que seguramente me perdí de información crítica y de oportunidades de una sola vez en la vida. Sufro sólo de pensar en que tendré la necesidad de contactar a alguien y que no sé de memoria ningún teléfono. La tarde y el camino de regreso a casa con demasiado largos hasta volver a tener el aparatito en las manos y confirmar que no hubo ninguna llamada de vida o muerte y que no hay mensajes que no sean de Telcel ofreciéndome una promoción.
No hace mucho tiempo, la necesidad de estar disponibles todo el tiempo sólo se entendía para un médico. Vamos, hace apenas 20 años cualquier persona que tuviera un teléfono móvil era visto como un tipo escapado de “Los Supersónicos”. Si no estabas en tu casa u oficina, confiabas en que una contestadora u otra persona tomaría el mensaje de una llamada para ti y el mundo seguiría su curso y podrías contestar luego. Ahora, el celular es parte de la indumentaria básica de casi cualquier chilango con edad por encima de kinder que se respete y la necesidad de saberse disponible y conectado en todo momento es casi considerado como derecho fundamental.
¿Alguien no se siente solidario al escuchar las elegías que se le cantan a un celular descompuesto o siente total comprensión y conmiseración por aquél al que junto con el robo del celular también le robaron toda su lista de contactos y vida social? ¿Alguien recuerda la histeria que se genera cuando por alguna situación se caen las comunicaciones y áreas enteras de la ciudad quedan “fuera del área de servicio”?
El síndrome de abstinencia al Internet y el correo es un poco más manejable, pero igualmente cruel. En plenas vacaciones tienes que hacer un esfuerzo conciente (o ir a un lugar verdaderamente apartado e incivilizado) para poder pasar más de un día sin la necesidad de consultar el correo. Que yo sepa, nadie ha muerto por no haber leído la última cadenita de chistes u oraciones…. pero… y si hay algo importante?
Con la entrada a una red social el shot que necesitamos se vuelve todavía más fuerte y en ocasiones ridículo. TENGO que saber cuál será mi fortuna del día al abrir mi galleta de la suerte, me es URGENTE saber si Fulanito (a quien hace tres años no veo físicamente y quien vive en el otro hemisferio del planeta) sigue con el dolor de muelas que dijo lo tuvo insomne ayer. ¿Alguien ya habrá comentado algo sobre la última foto que subí? Un gran amigo perdido (hace 15 años) pudo haberme mandado un request y yo no se lo voy a contestar! Y creo que esta semana es cumpleaños de Sutanita… tal vez no llame en su cumpleaños a mi propia familia cercana, pero si a ella no le mando aunque sea un guiño igual y se va a sentir conmigo!
¿Qué voy a hacer en un día en el que no tengo celular y la red está caída?!?!?!
Tal vez escribir sobre lo ridículo que suena el tener este síndrome de abstinencia, pero sabiendo que no soy el único que lo sufre.
UN INFIERNO POCO (RE)CONOCIDO.
Cuando el hombre murió, llegó a un lugar de inmensa y total calma. “Bienvenido”, escuchó “Por la eternidad podrás descansar y estar sin hacer absolutamente nada”. El hombre estaba feliz ante semejante oferta y se relajó sintiéndose feliz de su destino. Pasó el tiempo y el hombre comenzó a sentir la pesadez de no hacer nada.
- Estoy aburrido, quiero sentirme útil, ayudar a alguien - dijo el hombre.
- Lo siento - dijo la voz -, aquí no se puede hacer nada.
- Pero me siento inútil, no quiero tanto tiempo libre! Así no me había imaginado el Cielo!
- Y quién te dijo que estás en el Cielo? ESTO es el infierno.
Leí ese cuento hace tiempo, no recuerdo dónde o quién era el autor. Es seguro que estaba mejor escrito, pero recuerdo bien la historia y el desenlace. Cuando lo leí me llamó la atención, pero es ahora cuando es dolorosamente real pues vivo en mi propia versión del infierno.
Hace poco puse en mi página personal que mi trabajo estaba demasiado tranquilo y que me aburría. Entendiblemente, mucha gente me contestó con comentarios como “Qué envidia” o “No presumas cuando yo estoy ahogado en chamba”. ¿Qué contestarles? ¿Que soy YO el que les tengo envidia al saber que están ocupados y llenos de actividades? ¿Que tengo unas ganas irracionales de ser explotado?
Hace meses me siento así. Un día de descanso puede sentirse como un premio. Una semana tranquila es agradecida luego de un periodo especialmente turbulento. Pero cuando ese periodo empieza a extenderse, la desidia y la frustración se vuelven tus únicas y poco recomendables compañeras de trabajo. Cuando Wikipedia se ha convertido ya no en un lugar de consulta sino en tu medio de entretenimiento y terminas leyendo acerca de las deidades pre-islámicas en la península arábiga, te das cuenta que has caído MUY bajo.
Las horas de oficina son largas, precedidas por una lucha desgastante por salir de la cama. ¿Para qué te levantas si va a ser sólo un día exactamente igual a ayer, anteayer y a la semana pasada? Juro que no es fácil contestar esa pregunta, pero como no tengo un dolor abdominal o influenza que justificara mi ausencia, tengo que levantarme, bañarme y poner mi mejor cara cuando llego a mi santuario de ociosidad.
Sé que decir esto en una sociedad como la nuestra, y más en esta época en la que hay tanta gente desempleada, es como escupir al cielo, pero…. No creo poder contar esto como una bendición cuando me siento desperdiciado e inútil. Cuando he expresado por todos los medios civilizados (y ya varios incivilizados) que me siento desaprovechado e inútil. ¿Cuál es la respuesta? ¡Que soy bueno en lo que hago!
¡Demonios! No sé si eso quiere decir que en realidad soy MUY bueno o que puedo empezar a pensar que la gente no confía en mis capacidades y creen que lo poco que hago es más allá de mi nivel.
En una sociedad tan competitiva y esquematizada como la nuestra, no es concebible que alguien de mi edad, capacidad y ambición no trabaje. Yo mismo lo admito, en más de una ocasión he dicho que estoy “ahogado en chamba” para no aceptar (hasta ahora) esta realidad.
Quiero volver a sentir pertenencia a un proyecto o un objetivo. Sentir la adrenalina de un proyecto complejo y retante, escuchar el despertador y levantarme sabiendo que tengo algo importante e interesante esperándome en la oficina. Quiero dejar esta desidia que me ha acompañado ya por tan largo rato. Siento que estoy desperdiciando mis habilidades y capacidades y por mi educación y temperamento, eso se considera como pecado grave. Pecado grave…
Sólo pido una cosa…. Dios Mío, sácame de este infierno!
- Estoy aburrido, quiero sentirme útil, ayudar a alguien - dijo el hombre.
- Lo siento - dijo la voz -, aquí no se puede hacer nada.
- Pero me siento inútil, no quiero tanto tiempo libre! Así no me había imaginado el Cielo!
- Y quién te dijo que estás en el Cielo? ESTO es el infierno.
Leí ese cuento hace tiempo, no recuerdo dónde o quién era el autor. Es seguro que estaba mejor escrito, pero recuerdo bien la historia y el desenlace. Cuando lo leí me llamó la atención, pero es ahora cuando es dolorosamente real pues vivo en mi propia versión del infierno.
Hace poco puse en mi página personal que mi trabajo estaba demasiado tranquilo y que me aburría. Entendiblemente, mucha gente me contestó con comentarios como “Qué envidia” o “No presumas cuando yo estoy ahogado en chamba”. ¿Qué contestarles? ¿Que soy YO el que les tengo envidia al saber que están ocupados y llenos de actividades? ¿Que tengo unas ganas irracionales de ser explotado?
Hace meses me siento así. Un día de descanso puede sentirse como un premio. Una semana tranquila es agradecida luego de un periodo especialmente turbulento. Pero cuando ese periodo empieza a extenderse, la desidia y la frustración se vuelven tus únicas y poco recomendables compañeras de trabajo. Cuando Wikipedia se ha convertido ya no en un lugar de consulta sino en tu medio de entretenimiento y terminas leyendo acerca de las deidades pre-islámicas en la península arábiga, te das cuenta que has caído MUY bajo.
Las horas de oficina son largas, precedidas por una lucha desgastante por salir de la cama. ¿Para qué te levantas si va a ser sólo un día exactamente igual a ayer, anteayer y a la semana pasada? Juro que no es fácil contestar esa pregunta, pero como no tengo un dolor abdominal o influenza que justificara mi ausencia, tengo que levantarme, bañarme y poner mi mejor cara cuando llego a mi santuario de ociosidad.
Sé que decir esto en una sociedad como la nuestra, y más en esta época en la que hay tanta gente desempleada, es como escupir al cielo, pero…. No creo poder contar esto como una bendición cuando me siento desperdiciado e inútil. Cuando he expresado por todos los medios civilizados (y ya varios incivilizados) que me siento desaprovechado e inútil. ¿Cuál es la respuesta? ¡Que soy bueno en lo que hago!
¡Demonios! No sé si eso quiere decir que en realidad soy MUY bueno o que puedo empezar a pensar que la gente no confía en mis capacidades y creen que lo poco que hago es más allá de mi nivel.
En una sociedad tan competitiva y esquematizada como la nuestra, no es concebible que alguien de mi edad, capacidad y ambición no trabaje. Yo mismo lo admito, en más de una ocasión he dicho que estoy “ahogado en chamba” para no aceptar (hasta ahora) esta realidad.
Quiero volver a sentir pertenencia a un proyecto o un objetivo. Sentir la adrenalina de un proyecto complejo y retante, escuchar el despertador y levantarme sabiendo que tengo algo importante e interesante esperándome en la oficina. Quiero dejar esta desidia que me ha acompañado ya por tan largo rato. Siento que estoy desperdiciando mis habilidades y capacidades y por mi educación y temperamento, eso se considera como pecado grave. Pecado grave…
Sólo pido una cosa…. Dios Mío, sácame de este infierno!
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