Los análisis arqueológicos indican que el hombre dejó de vivir en las cavernas hace más o menos 10,000 años…. o en mi caso, anteayer.
Se supone que tanto tiempo de civilización debería de habernos dado las herramientas suficientes para reaccionar de forma más controlada cuando las situaciones del entorno no son lo que esperamos, pero la realidad es que en esos momentos; cuando las cosas no salen como yo esperaba, cuando el nivel de histeria está empezando a llegar a índices rojos; sale el cavernícola que llevo dentro y amenaza con descargar su garrote contra lo primero que se cruce en su camino si no hay un retorno urgente a la cueva. Una cueva que es tan tangible o virtual como se necesite, y que tiene la capacidad de hacerse pequeña o profunda a los requerimientos de su inquilino.
¿Cuánto dura el tiempo-caverna? Es muy variable. Pueden ser solo unos minutos para tomar fuerzas y enfrentar un miedo o pueden ser varias horas en las que me doy cuenta que el mundo no tiene la culpa de lo que pasa y de mi maldito humor y por lo mismo es mejor guardarme un rato a que se me pase el mal rato antes de cometer alguna tontería en mi vida profesional o personal.
La civilidad de ser incivilizado. Tanto tiempo he vivido una existencia “madura, profesional y responsable” que cuando estoy a punto de emocional o intelectualmente bajar varios peldaños en la escala evolutiva, prefiero guardarme un rato. Parece una sana respuesta y en casi todos los momentos ha sido efectiva.
El problema viene cuando el tiempo-caverna es flagrantemente violado por alguien más.
Ayer, alguien tuvo a bien hacer ciertos requerimientos (verdaderamente inanes) sobre un entregable que hicieron que el cavernicolita quisiera salir en ese instante y en ese lugar. A pesar de que intentó convencerme que cualquier juez entendería mi acción de arrojar al interfecto por la ventana y mi posterior danza de victoria, consideré que no era adecuado seguir su sugerencia. Mi yo civilizado y racional pudo amarrarlo, ponerle un bozal y con una sonrisa forzada emitir un “No estaba en el requerimiento, pero revisamos tu solicitud. Te parece verlo en dos horas?”.
El interfecto no captó la necesidad de tiempo fuera y se apersonó en mi oficina para “ayudarme” (traducción, revisar sobre mi hombro que cambiara el tamaño de una imagen de un 55% a un 58%... no, no exagero). El cavernícola aulló, gritó, berreó y suplicó que lo dejara salir para que tuviera un productivo intercambio de opiniones. Por momentos creo que su instinto homicida se veía a través de mis ojos que intentaba tener clavados en la pantalla; pero si el otro los vio, no se dio por aludido. El yo civilizado prevaleció para terminar los cambios.
Como el cavernícola no pudo salir y tampoco le dieron tiempo-caverna para explayarse convenientemente (a lo más salió un “AAAAAARRRRGGGHHHH!” en un momento que me levanté al baño), decidió desquitar su furia y necesidad de garrotazos contra algo cercano. Hoy tengo gastritis.
jueves, 4 de agosto de 2011
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