Cada fin de semana es una plática similar. ¿Qué nos toca este fin?
El ser una persona medianamente sociable, con una familia bastante cercana y unida y con varios intereses fuera de la chamba y la familia ya tenían mi agenda regularmente llena hace unos meses en plena soltería. Ahora, con una novia igual de activa ya no son sólo mis eventos, sino también hay que considerar los de ella. Una fiesta, dos reuniones, un café para presentar(nos) a los amigos, la comida con los papás, el cine, las ganas de pasar un día de “pinta”. Los días resultan insuficientes para mis compromisos, los suyos…. y los nuestros.
Lo mismo pasa con los retos y los problemas. Dolores de espalda o de cabeza, frustración por el trabajo, un coraje matutino, gastritis mal tratada, malentendidos con alguien cercano, incluso los fantasmas al acecho. ¡En ocasiones pensaba que sólo con mis problemas no me daba abasto! Ahora también escucho y me involucro en los de ella.
¿Y qué decir de los nuestros? Aquellos desajustes que se crean en la convivencia más cercana y constante. Esos que aparecen cuando la nube rosa del enamoramiento se disipa y nos deja con los colores de la realidad.
Los sueños y anhelos son toda otra categoría. Mis expectativas ya no son tan egoístas pues empiezan a relacionarse con las de ella para volverse nuestras. Ella ha compartido conmigo sus sueños y sus pesadillas y ya se han mezclado con los míos.
Tengo en ocasiones ganas de pedir que paren el mundo, pedir un tiempo fuera para descansar y para volverme a dedicar a no pensar y no actuar, pero la realidad es que ese tiempo estaría ocupado en lo mismo. Mis planes, problemas y mis ilusiones, que de forma paulatina pero consistente, se empiezan a convertir en nuestros planes, nuestros problemas y nuestras ilusiones.
¿Cuándo un problema de salud deja de ser suyo para que lo tratemos como nuestro? ¿En qué momento mi enojo laboral se vuelve algo que tenemos que tratar juntos? ¿Qué define que mis amigos se conviertan en los suyos y viceversa? Mío, tuyo, nuestro. Aprender a compartir y también a separar es algo que había olvidado.
El mejor ejemplo ocurrió hace unas semanas que todo esto se me enredó y terminé enojándome conmigo. De nuevo aclaremos eso, CONMIGO. Eran MIS problemas, MIS expectativas y MIS conflictos los que estaban dándole el traste a NUESTRAS intenciones de tener unos días agradables. La solución común hubiera sido el darme un encerrón con mi personita hostil para arreglar las cosas, pero ya no podía hacerlo sin dar explicaciones a alguien más. Ella de inicio no lo entendió así. Creía que decirle que tenía que arreglar MIS problemas era una forma elegante de poner distancia y de evaluar NUESTRA relación y hubo un momento de desconcierto. Por suerte y por sabiduría, me dejó un rato alejarme de lo suyo y lo nuestro y sin ya tantas pelotas malabareando a la vez pude arreglar lo mío. Regresé más tranquilo y con mejor disposición a vivir lo nuestro.
Mío, tuyo, suyo, nuestro, de ellos. Conceptos que creemos aprendidos desde casi que tenemos uso de razón, pero que tenemos que reaprender y reevaluar cuando nace y conforme crece una relación.
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