Recientemente escuché la historia de una persona a la que no conozco, pero que pasó por algo similar a lo que yo viví. Luego de un doloroso truene y un tiempo fuera, él se entera que su ex ha reiniciado su vida. Ella ya continuó y a él solo le queda el recuerdo y el “que hubiera pasado si”. No es mucho, pero según parece ha sido más que suficiente para iniciar la construcción de otro grandioso templo al amor fallido e imposible y un altar a un fantasma.
Por otro lado me llega la noticia de que alguien sigue recordándome con un dejo agridulce de nostalgia cuando las cosas empiezan a tornarse oscuras. Igual me entero del intento de reparar una relación fracasada, rota desde casi el inicio pero que su protagonista se niega a enterrar y a la que pretende darle RCP aún y cuando la peste nos llega hasta a los que estamos lejos.
Historias inconexas, personajes y situaciones distintos que solo se unen porque utilizan los mismos ingredientes para hacer una receta: mezcla un pasado atormentado pero que se suponía seguro, un futuro incierto y mucha melancolía con una pizca de curiosidad morbosa. Vierte suficientes lágrimas para integrar y luego seca la pasta a base de suspiros. Tu arcilla para construir ídolos está lista.
Una historia más. Alguien se enteró que está siendo el modelo para un altar de la mente, la cara de un fantasma y quimera. Yo, que fui un experto constructor de esos templos siento y comprendo la sensación agridulce de enterarse de algo así. Creo que todos hemos sido en al menos alguna ocasión constructores, pero rara vez nos enteramos o nos detenemos a pensar en que nos pudieron tomar como imagen y nos convirtieron en un ídolo, un fantasma, en una quimera o un ideal. Preferimos quedarnos con la idea de que somos siempre víctimas y jamás victimarios.
Según creo, el humano es de los pocos seres que pueden recordar y posiblemente sea el único capaz de revolcarse en un dolor auto inflingido y creado solo del recuerdo. ¿Será esto un regalo divino o exactamente el precio y castigo que tenemos que pagar por nuestra humanidad, por decir que amamos y no solo que sentimos?
Libros, terapias, ritos, pastillas… intentamos de todo para recordarnos que debemos olvidar lo que nos lastima. Parece que necesitáramos un vendaje que nos vuelva incapaces de seguir rascando una herida en vía de sanación.
Sería increíble el poder resetear nuestro cerebro y corazón para darle un nuevo principio a todo. Mantener el programa de saber amar, pero borrar los archivos obsoletos; sobre todo aquellos archivos que están ya dañados y que no se dejan borrar por las buenas. No hay un botón de “Delete” automático que sea efectivo. No existe el ungüento mágico que borra las heridas. Ni siquiera un mazo suficientemente grande que pueda destruir los altares, sus materiales y sus planos.
La solución es más compleja y requiere de otra extraña receta que al menos a mí me ha servido: Busca en tu interior una pizca de esperanza que deberás mezclar con la cantidad que tengas de amor propio y conciencia. No importa si la mezcla no llega a un puñado. Dale tiempo de que fermente y exponla a la luz que provee el futuro.
No hay un tiempo establecido, pero es claro que en algún momento empezarás a sentir que algo cambia. Si a esa mezcla la expones en su momento al fuego de un buen (y en ocasiones totalmente nuevo) amor, el efecto se potencializa y en algún momento, tal vez cuando menos lo esperas, ocurre una reacción. Aquello que estaba roto, corrupto o mal construido, estalla en una forma controlada y sin dolor y sólo quedan los cimientos más básicos de tu persona. Esos que son tu base y la base para empezar a construir algo nuevo y más hermoso y sólido que lo anterior.
No me considero todavía un experto en estas re-construcciones, pero estoy disfrutando cada día y cada momento, cada aprendizaje de este nuevo proceso. He iniciado la construcción de un gran futuro.
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